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 DEJA DE MENDIGAR AMOR Y EMPIEZA A QUERERTE A TI MISMO



Junio 27, 2019, 07:30:53 am
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DEJA DE MENDIGAR AMOR Y EMPIEZA A QUERERTE A TI MISMO
« en: Junio 27, 2019, 07:30:53 am »
DEJA DE MENDIGAR AMOR Y EMPIEZA A QUERERTE A TI MISMO

«Necesito que alguien me quiera»
«Me siento sol@ y desesperad@, necesito urgentemente un abrazo»
«Busco a alguien que me acepte y me quiera incondicionalmente»

Estas tres frases las hemos pensado todos en un momento u otro. De todas las necesidades humanas no materiales, el amor es la única verdadera, la más legítima de todas, aunque a veces está escondida bajo disfraces como el poder, la fama, el reconocimiento académico, la adulación o el dinero.
Todos sentimos el deseo de que nos quieran… Y todos necesitamos amar. Pero con este asunto sucede una extraña paradoja: cuanto más buscamos el amor con desesperación, menos lo encontramos y cuando estamos a gusto con nosotros mismos y no lo pedimos, nos llega a raudales.
Hay personas que se pasan la vida mendigando amor como un perrito faldero… Piden migajas de cariño de aquí para allá, ruegan o exigen (según el estilo de cada uno) que «les quieran, que les abracen, que les escuchen, que les comprendan».
Suele suceder que estas personas están tan necesitadas, es tan grande el agujero interior que tienen que llenar, que nunca se sacian.
Por otro lado, y esto es mucho peor, cuando uno busca amor desesperada e indiscriminadamente suele meterse en líos monumentales: relaciones en las que también hay maltrato, abuso sexual, desprecio, drogas, peleas, manipulación, conflicto, etc.
Cuando salimos al mundo mendigando amor porque tenemos un hambre emocional descomunal… menos lo encontramos. Por el contrario, hay personas muy queridas y seguras de sí mismas que no paran de encontrar muestras de amor sin pedirlas. Personas que realmente no necesitan el amor, la admiración o el aprecio de los demás y por ello mismo lo obtienen sin esfuerzo.
Sí, es curioso esto…
 
EL SECRETO PARA NO MENDIGAR AMOR: SER ADULTOS EMOCIONALMENTE HABLANDO

Mi opinión es que cuando somos adultos medianamente maduros y con una autoestima sana dejamos de necesitar el amor de los demás como si nos fuera la vida en ello y por eso mismo dejamos de pedirlo con ansiedad.
Cuando somos personas maduras y generosas simplemente disfrutamos del amor que nos llega (y nos llega, seguro, porque nuestra presencia íntegra despierta el interés de los demás). Por el contrario, cuando estamos desesperados interiormente o con una autoestima muy herida, no dejamos de pedir amor a todo el que se cruza en nuestro camino pero lo peor es que nunca nos sentimos satisfechos. Es como si tuviéramos un hueco en el corazón que nunca se llena. Y esta actitud desesperada también conlleva que los demás, con frecuencia, se cansen de nuestras exigencias sin fin (con razón) y se alejen de nosotros. La pescadilla que se muerde la cola.
Tras cuatro años intensos de clases, experiencias compartidas y mucho debate en la formación de Laura Gutman(más otras lecturas como por ejemplo los libros de Nathaniel Branden, experto mundial en autoestima), empiezo a vislumbrar algo que Laura decía desde el principio y a mí me costaba comprender: solamente los niños y los adolescentes NECESITAN sentirse amados incondicionalmente.
Cuando esto ocurre (lo cual, lamentablemente, no es muy habitual) los niños se forjan una autoestima y una idea de sí mismos tan sólida, tan íntegra, tan profunda, que ya nunca más van a dudar de su calidad como ser humano.
Una persona que ha sido amada incondicionalmente en su infancia nunca necesitará que otra persona le diga «eres digna, eres maravillosa, te amo» porque lo tiene interiorizado, aunque por supuesto lo va a agradecer si ocurre. Y esta persona plena y segura de sí misma no tendrá ningún problema en comprender, amar y respetar a otro en la misma medida.
El problema viene cuando no es así… En esta civilización perversa, muy pocos jóvenes crecemos con ese sentimiento de integridad, esa autoestima intachable que ha de ser nuestro mástil en la vida adulta. Por ello seguimos necesitando, cual niños, sentirnos amados, admirados y apreciados en todo momento. Seguimos mendigando amor (y consuelo, y abrazos, y comprensión incondicional) a todo el mundo, a veces incluso exponiéndonos a humillaciones dolorosas sólo por una ínfima muestra de cariño.
¿Cuál es el tema aquí? Que pedimos amor como si fuéramos niños pero YA NO somos niños.
Somos adultos, aunque emocionalmente nos hayamos quedado en una etapa anterior de la vida. Y cuando somos adultos, el amor de los demás no nos colma si no va acompañado de una madurez y un amor propio creciente.
Piénsalo, seguro que conoces a alguien que, aunque tiene apoyos y cariño esporádicos de los demás (su pareja, sus hijos, sus amigas, sus hermanos) nunca para de quejarse y se siente vacío a los cinco minutos. Es como si todo el aprecio y las palabras cariñosas de los demás cayeran en saco roto.
Una persona con una débil autoestima, que cae una y otra vez en culpas, derrotismo o bien se ha situado en un extremo de frialdad afectiva, siempre va a necesitar más y más amor, nunca va a tener suficiente.
 
Porque cuando somos niños o adolescentes el amor de los demás nos alimenta, pero cuando somos adultos, aunque este amor es positivo, no es suficiente si no maduramos a nivel emocional.
 
Para que el amor de los demás nos nutra y no nos deje la sensación de vacío a los cinco minutos, las personas adultas necesitamos dos cosas: la primera, amarnos y aceptarnos por completo a nosotros mismos y la segunda, enfocarnos más en ofrecer amor desinteresadamente que en pedirlo.
Esto que puede parecer muy trágico (no es suficiente con el amor de los demás) en realidad es una maravillosa noticia. Esa noticia es que NO NECESITAS QUE TE QUIERAN, TE COMPRENDAN O QUE TE ABRACEN TODO EL TIEMPO.
NO
LO
NECESITAS
 
Lo que sí necesitas, y esto depende exclusivamente de ti, es madurar y fortalecer tu autoestima.
Por supuesto que siempre vas a agradecer el afecto de los demás, ¿qué persona no agradece un bombón, un zumo de mango recién exprimido o un buen chuletón de Ávila? Pero, y siguiendo el símil de la comida, podemos sobrevivir a base de alimentos mucho menos sofisticados. Si tenemos la suerte de disponer de alimentos extraordinarios y de alta calidad, bien por nosotros, pero si durante una época tenemos que llevar una alimentación más austera, no nos vamos a morir ni a dejar de ser felices.
Es obvio que hubiera sido mucho mejor para nosotros (y para el mundo) haber sido desde niños completamente cuidados, amparados, comprendidos y envueltos en el amor no sólo de dos padres sino de toda una tribu (familiares y vecinos, abuelas, maestras, hermanos, tíos, cuidadores, jefes y sacerdotes, etc.)
No ha sido así.
En mayor o menor grado, todos hemos recibido castigos injustos, carencias, desprecio, soledad, límites arbitrarios, incomprensión o simplemente las personas encargadas de cuidarnos estaban demasiado cansadas de los trabajos que necesitaban para sobrevivir.
También es muy común que los adultos que nos rodeaban tuvieran sus buenas intenciones pero no comprendieran nuestro lenguaje, incluso que les molestaran nuestras legítimas peticiones de paciencia, cercanía física y apoyo.
No se trata de quedarnos sólo en culpabilizar o juzgar lo que nos pasó o no nos pasó pero sí de mirar con realidad nuestras carencias y de dónde vienen ahora que tenemos treinta, cuarenta o setenta años. Como yo digo: «hay que bucear en el dolor y en nuestras sombras» aunque nos dé un poco de miedo.
Si habitualmente nos sentimos incompletos y poco amados, si nos enfadamos porque tal o cual persona no nos demuestra su amor todo el tiempo, si seguimos haciendo estupideces con tal de recibir un poco de cariño, es sintomático de que no recibimos todo lo que necesitamos cuando fuimos niños. Tenemos carencias que de algún modo hemos de reconocer.
Y fíjate, ni siquiera estoy hablando de «solucionar» nada (pues no se puede cambiar el pasado) sino únicamente de tomar conciencia de lo que tuve y recibí y de lo que no.
 
¿QUÉ PODEMOS HACER HOY POR NOSOTROS MISMOS, EN EL PRESENTE?

Como he dicho antes, si bien no podemos volver atrás para darle todo lo que legítimamente necesitaba ese niño o adolescente que vive dentro nuestro (y que muchos expertos en psicología llaman «el niño interior») hoy sí podemos hacer otras cosas:
 
1. En primer lugar, reconocer esta carencia infantil y ver cómo nos está afectando en la actualidad. Reconocer que quizás estamos más necesitados, heridos o vacíos de lo que nos gustaría y cómo se relaciona eso con nuestras dificultades de adultos: quizás vivimos aislados para no sufrir, quizás nos sale la cólera o el desprecio con nuestros hijos aunque los queremos, quizás congelamos nuestro corazón y hoy día somos bastante insensibles o quizás nos hemos refugiado en la mente y las fantasía para no sufrir y nos resulta complicado comprometernos con las cosas. Recomiendo encarecidamente los libros de Laura Gutman, Alice Miller y José Luis Cano en este punto y sobre todo someterse a terapia si hemos tenido una infancia muy complicada. No es este un paso indoloro, pero tampoco es tan terrible,  es mucho más difícil no cambiar y seguir ciegos.

2. En segundo lugar, podemos hacer hoy un compromiso firme con nosotros mismos de que vamos a conocer quiénes somos realmente, qué queremos de verdad, poner el foco en tratarnos bien y trabajar nuestra autoestima. Como su propio nombre indica, la «autoestima» no requiere del juicio de los demás, sólo del nuestro. Desarrollar la autoestima no depende de nuestra edad, del estatus económico, del lugar donde vivimos, de quién gane las elecciones ni de cuántos amigos tenemos. Por fortuna, fortalecer nuestra autoestima no depende nada más que de nosotros…  así que merece la pena poner intención y empeño en conocernos mejor e ir adoptando acciones adecuadas para aumentar el sentimiento de confianza y de valía.

3. En tercer lugar, podemos dejar de pensar en «si nos quieren o no», «si la sociedad nos acepta o no» o «si mi pareja, o mi hijo, o mi madre me comprende o no» y simplemente… DAR. Como adultos, la madurez se consigue al dar, no al recibir. La madurez llega cuando decido ser amable con otra persona, cuando ayudo en una ONG, cuando quiero a mi amigo o a mis alumnos o a mis clientes sin preocuparme de cuánto me devuelven ellos. Por descontado, si me convierto en una persona madura y generosa voy a atraer a mi alrededor al mismo tipo de personas y entonces… oh, sorpresa, resulta que voy a recibir amor, cariño, respuestas y apoyo sin haberlo pedido, ¡el sueño de cada uno de nosotros hecho realidad!
 
Todo eso es lo que podemos hacer por nosotros en la actualidad, con independencia del escenario de infancia del que provenimos. Cualquiera de esas tres acciones que te propongo es infinitamente mejor y más eficaz que seguir mendigando amor en bucle.
 
Resumiendo… 7 ideas sobre el amor
1.   Pedir, anhelar, mendigar o exigir amor a los otros es una empresa sin futuro. Es algo que nace de nuestras carencias infantiles, no de las necesidades reales de los adultos (héroes y heroínas en camino) que somos hoy. Demandar amor con desesperación, además de que nos lleva por caminos peligrosos (ser capaces de cualquier cosa para aliviar ese dolor de la carencia) nunca nos sacia, siempre querremos más y más y más…
2.   Echa un vistazo a tu alrededor y observa que las personas más queridas, apreciadas y admiradas sorprendentemente no piden amor, ni siquiera lo necesitan… Pero lo atraen. Y les gusta. Y lo corresponden en su justa medida.
3.   Si tú también quieres atraer el amor en vez de pedirlo, tienes que hacer un trabajito importante contigo mismo. Reconoce las carencias que están dentro de ti y comprométete con alegría e ilusión a mejorar y nutrir tu autoestima.
4.   Por fortuna puedes trabajar tu autoestima bajo cualquier situación y en cualquier circunstancia. Sólo necesitas coraje, herramientas, estar motivad@ y tener un poco de disciplina para hacerlo todos los días.
5.   También puedes desarrollar tu madurez y atraer el amor haciendo algo bonito por alguna persona o colectivo. No tienen por qué ser personas cercanas, que justamente a veces son las que más nos coaccionan para «quererlas». El amor no puede nacer de la obligación así que busca un lugar donde te sientas libre para entregar tu sabiduría, tu conocimiento, tu alegría, tu sentido del humor o tu afecto y… hazlo.
6.   Comprende que nada ni nadie va a llenar ese vacío que proviene de una infancia de desamparo. Como mucho, puedes disfrutar y sentirte halagado por el amor y el respeto de los demás, pero como adulto no puedes pedir a nadie que «te llene» porque te todas formas no lo vas a conseguir.
7.   Si estás rodeado de personas que continuamente te demandan amor, a las que intentas con todas tus fuerzas hacer felices pero sin resultado (porque no depende ti que se sientan bien, depende de ellas) te sugiero que abandones tus esperanzas cuanto antes. A menos que ellas quieran, tu entrega siempre será insuficiente. Puedes quedarte seco de amor, dar tu misma vida, y no conseguir nada si alguien se aferra a su rol de víctima, sufrimiento o necesidad permanente. Sé que esto es duro verlo así, pero si una persona cercana no quiere cambiar, madurar y quererse a sí misma… tu amor ni el de nadie será suficiente. Así que mejor emplea tus energías en algo más fructífero.
 
Empecemos a sentir que somos infinitamente más poderosos e independientes de lo que creemos. Empecemos a escuchar el pájaro azul de espectacular belleza que tenemos dentro,  y que no necesitamos tomar del otro, ¡si ya lo poseemos! Empecemos pasito a paso el camino de mejorar nuestra autoestima y también el camino de amar a los demás de verdad, sin juicios ni exigencias.
Claro que nos vamos a equivocar en el camino de querernos a nosotros y al resto de personas. Caeremos una y otra vez en peleas, en el pesimismo, el desamor, los celos, el egoísmo, los enfrentamientos y en roles infantiles de sentir que «necesitamos urgentemente ser queridos y que nos comprendan». No sé tú, pero yo me equivoco todas las semanas de mi vida, por no decir casi todos los días…  Somos seres humanos imperfectos, qué le vamos a hacer, pero estos errores no pueden llevarnos a abandonar nuestra empresa de cada día querernos más y ser mejores personas.
Cada día es un nuevo comienzo y a cada minuto la vida nos regala una nueva oportunidad de ser más felices, más íntegros, menos inmaduros y más afectuosos.
¿Y si dejas de mendigar amor y empiezas YA este camino?


Amparo Millán