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 LAS TRES PREGUNTAS - 1ª parte -(Jorge Bucay)



Abril 18, 2012, 05:53:09 am
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LAS TRES PREGUNTAS - 1ª parte -(Jorge Bucay)
« en: Abril 18, 2012, 05:53:09 am »
LAS TRES PREGUNTAS: ¿QUIÉN SOY? ¿ADÓNDE VOY? ¿CON QUIÉN?


(Conferencia en Bilbao)


Me parece que hablar del currículum de alguien, hablar de la historia de alguien, de lo que ha hecho, de lo que no ha hecho, de lo que dejó de hacer, de quién dice que es un genio, y quién dice que es un idiota, cuántos libros tiene publicados; todas esas cosas a mí me parece que son un poquito distorsivas de lo que sigue y lo pienso así porque una vez llegó a mis oídos una historia que a mí me gusta mucho y que siempre recuerdo en estas situaciones.

Esta historia es una historia que ha viajado en el tiempo y en el espacio y que según quien la cuente el protagonista es un sacerdote de una religión extraña, un rabino, un cura párroco; depende de quién cuente la historia así es el protagonista. Pero, de todas maneras, la historia siempre es la misma. Cuando me la contaron a mí esta historia la protagonizaba un sacerdote muy importante dentro de una comunidad, en algún lugar de medio oriente. El sacerdote en cuestión había sido invitado a una cena muy importante de gente muy pudiente, de gente muy influyente, en la casa de uno de los hombres más ricos de la ciudad. La noche era una noche terrible y tormentosa, pero, a pesar de esto, por supuesto, el sacerdote había comprometido su presencia; así que se subió a su carruaje y manejándolo él mismo empezó a dirigirse a la casa del señor que lo había invitado. A unos 200 metros antes de llegar a la casa donde iba a ser la cena, un rayo y un relámpago iluminaron el cielo, el caballo se asustó del ruido y, entonces, se puso en dos patas, y el carruaje del pobre hombre se tumbó y el sacerdote cayó sobre la zanja que se estaba llena de lodo y de hojas sucias y de mugre y se ensució totalmente, desde la punta del pelo hasta la punta de los pies. Pero como estaba a 200 metros de la casa donde iba, pensó que no tenía sentido volver hasta su casa, sino que era mejor higienizarse un poco donde llegaba; podría dar una explicación. Así que se acercó a la casa y golpeó la puerta y un mayordomo muy bien vestido, muy elegante, le abrió la puerta y cuando lo vio así, cuando lo vio mugriento como estaba, pensó que era realmente un mendigo.

El mayordomo, que tenía de verdad muy malas pulgas, le dijo "¿qué haces aquí? ¿No te das cuenta que esto es una comida para gente muy importante?" Y él dijo, "sí, bueno, justamente yo vengo por la comida". "Mira, si vienes por las sobras, las sobras van a estar mañana; porque hoy todavía la comida no ha sucedido; así que cómo puedes pretenderlas hoy". "No, bueno, podría, pero no vengo por las sobras". "!Ah! !Claro! ¡No viene por las sobras! ¿Qué quieres? ¿Comer la comida de los señores? ¿Pero cómo te atreves miserable pordiosero? Mira, vete inmediatamente y cuando vengas mañana, ven por la puerta de servicio que por esta puerta no entran los mendigos y los pordioseros sucios como tú". "No, pero es el que el dueño..." "Mira, el dueño de la casa, si llega a verte aquí y no te vas, te aseguro que te va a soltar los perros, que es una cosa que le da bastante placer hacer cuando alguien se pone rebelde; así que ya mismo te das la vuelta y te vas". "No, pero es que..." intentó decir el sacerdote y apareció el dueño de la casa.

El dueño de la casa preguntó "¿qué pasa?" Y el mayordomo le dijo, "este mendigo pordiosero, que le dije que tiene que venir por las sobras mañana y el insiste que quiere la comida hoy y yo le he dicho que se vaya y él no quiere, y yo le he dicho que si venías tú, te ibas a enojar", dice "por supuesto que me voy a enojar, así que llama la guardia". El sacerdote intentó explicar, vino el jefe de la guardia, y el dueño de casa le dijo: "guardia eche a este hombre de la casa y si no se quiere ir suéltenle a los perros para que lo echen". No había nada más que le gustara al jefe de la guardia que soltarle los perros a cualquiera, con razón o sin razón; así que soltó los perros detrás del pobre sacerdote que chapoteando entre el césped salió corriendo del lugar y saltó a la cerca para que los perros no lo mordieran. Como pudo, rehízo su carruaje y se volvió a su casa.

Cuando llegó allí pensó si tenía que volver o no tenía que volver al lugar donde había sido invitado, y pensó que sí, que tenía que volver. Así que se enjuagó un poco la cara, y fue hasta su cuarto, abrió el ropero, y del ropero sacó una capa, una capa preciosa bordada en hilos de oro y de plata que le había regalado justamente el dueño de la casa donde estaba invitado. Así que sobre su propia ropa mugrienta se puso la capa y se subió al carruaje y otra vez fue hacia la casa donde había sido invitado. Esta vez llegó sin problemas, golpeó la puerta. El mismo mayordomo pulcro, igual que antes, abrió la puerta, y cuando vio al hombre con esa capa se dio cuenta de que era el invitado que faltaba y dijo, "¡ah! Excelencia, lo están esperando; pase por acá". Y el sacerdote pasó. Vino el dueño de la casa y dijo "¡oh! Excelencia, lo estamos esperando; ¿algún problema?" "No, no, ningún problema", dijo el sacerdote. "Están todos sentados en la mesa; si quiere podemos pasar, la comida está casi lista". "Sí, claro". Entonces, todo el mundo se puso de pie cuando entro el sumo sacerdote y el dueño de la casa le ofreció el sillón de su derecha como correspondía al invitado especial y todo el mundo esperó que él se sentara para sentarse; y cuando él se sentó, todo el mundo se sentó y el dueño de casa le dijo "podemos pedir el primer plato". "Sí", dijo el sacerdote.

Entonces trajeron el primer plato que era una especie de cocido con patatas y con carne y con tomate. Y entonces, todo el mundo hizo silencio, nadie iba a empezar a comer antes de que el sacerdote empezara; y el sacerdote, en lugar de empezar a comer, alargó la mano, agarró la punta de la capa que tenía puesta y empezó a mojar la capa en la comida. La gente miraba, no entendía qué pasaba, se hizo un silencio terrible. El sacerdote dijo "¿qué pasa, mi amor?, mira qué linda la papita, mira el tomatito, mira la carnecita, ¡qué rica!, ¿No te gusta la comidita que te han hecho?" Todo el mundo pensó que el sacerdote se volvió loco. El dueño de casa se animó a preguntar:  "¿qué pasa? ¿Hay algún problema?" "No, ya le dije que problema no hay ninguno, pero esta invitación a cenar no es para mí; es para la capa; porque cuando yo vine sin ella, hace un rato, me sacaron a patadas y me echaron con los perros".

Y cuanto esta historia porque a mí me parece, con disculpas de los que no les guste mi idea, que todo currículum que cada uno tenga, que todo lo que cada uno tiene en su apellido, en el banco, en la casa donde vive, el auto en el que viaja, la ropa que usa, el renombre y el prestigio del que goza es un disfraz; y que somos básicamente mucho más que el disfraz que llevamos; que no es que no sea importante todo esto que hemos conseguido y nos hemos ganado; sólo que a la hora de la verdad es más importante lo que somos esencialmente. Y en este caso, y en este ejemplo de hoy es más claro que nunca. ¿De qué serviría que yo muestre los títulos que tenga y que deje que Enrique diga lo que quería decir y que alguno "¡oh, vendió!, ¡oh, premiaron!, ¡oh, tiene el título!, ¡oh, es médico!, ¿de qué serviría esto si todo lo que digo hoy no sirve a nadie?" Y, por otra parte, si lo que digo no sirve a nadie, qué importancia tiene, si soy médico, analfabeto, premio Nobel; ¿qué importancia tiene?

Cada uno de vosotros es quien es, y es quien es en esencia; y esto quizás sea lo más importante para empezar a hablar. Porque si hablamos del libro que hoy presentamos, este libro que se llama LAS TRES PREGUNTAS, de estas preguntas que acompañan a la humanidad desde hace miles y miles de años. Estas tres preguntas empiezan por la primera; y la primera es ¿quién soy?, la segunda es ¿dónde voy? y la tercera es ¿con quién? ¿Quién soy, dónde voy y con quién? Preguntas que no son nuevas y que cada uno de nosotros se ha hecho alguna vez en este contexto o en otro, casi yo diría con estas palabras o cualquier otra palabra. Todos nos hemos preguntado, quizá más de una vez, ¿quién soy verdaderamente?, ¿dónde estoy yendo?, ¿cuál es el rumbo que sigue mi vida?, ¿quién es quien me acompaña? En todo caso, estas preguntas no son nuevas, y quizás los contenidos de este libro tampoco lo sean. Muchos de estos contenidos han sido volcados en mí en estos 16 libros que yo escribí antes que este y seguramente y, especialmente, en algunos de los caminos que escribí hace 10 años. Pero hoy estas ideas que aprendí de algunos maestros, muchos maestros y de algunos discípulos, muchos discípulos y de algunos lectores, muchos lectores que me enseñaron lo que yo aprendí en estos 10 años, vinieron ahora convocadas estas ideas para contestar a estas tres preguntas.

Y lo primero que digo en este libro es que estas tres preguntas se contestan muchas veces a lo largo de la vida de cada uno, pero que tienen que contestarse en ese orden, en ese riguroso orden: quién soy, dónde voy y con quién. Y que hay que tener mucho cuidado en respetar ese orden de respuesta, porque, si voy a cambiar ese orden, posiblemente permita que quien me acompaña elija mi rumbo y esto sería muy malo para mi futuro, o voy a permitir que la dirección en la que voy defina quién soy y esto es muy malo para mi presente. ¿Quién soy?, ¿dónde voy? y ¿con quién? preguntas que hay que contestarse muchas veces, pero sobre todo, repito, que hay que contestarse en ese riguroso orden; y por eso me parece que a la hora de pensar en quién soy es importante saber que soy mucho más que lo que tengo, que soy mucho más que lo que he estudiado, que soy mucho más que esto que se puede ver desde fuera; que hay una esencia en nosotros y que esa esencia es además única; y el hecho de que sea única es realmente maravilloso. Aprendí esto de muchas maneras y de muchos maestros, pero, sobre todo, voy a decir lo mismo que quiero decir mostrándoles unas imágenes.

Cuando yo estaba en México presentando alguno de mis libros -yo no me acuerdo cuál en realidad-, me informaron, me enteré de que había un señor, un artista, un artista callejero que se llamaba Julián Viver, Julián Viver, es un hombre que hace dibujos en tiza en la calle, después y con el tiempo, muchas personas me enviaron algunas de las cosas que Julián Viver hacía pero en ese momento yo no le conocía todavía, no sabía quién era. Me contaron que hacía cosas fantásticas y me invitaron a que lo vaya a ver porque estaba dibujando, en pleno zócalo, en el centro de México. Así que yo fui a ver a Julián Viver. Hace dibujos en tiza y en el suelo y tiene esa magnificencia los dibujos; esa presencia impresionante; esa calidad de detalle. Una de las características que tiene Julián Viver es que participa de la obra que hace; y a la hora de fotografiar estas obras él siempre dice: "esta obra se fotografía desde este lugar"; y tiene una marquita en el suelo desde donde él
pide que se tome la fotografía.

Las obras son impresionantes porque, sobre todo, tomada la foto desde el lugar en que él dice que hay que tomar la foto, tienen esta tridimensionalidad. Allí no hay nada que tenga volumen, no hay nada que salga del nivel del suelo; es todo un plano absoluto; es su presencia con el dibujo y el lugar desde donde hay que tomar la foto lo que da esa sensación de tridimensión. Uno quizá no podría creer que allí no haya nada, ningún agujero, nada saliendo desde los fondos de la tierra, sino solamente él pidiéndote que saques la fotografía desde donde él dice que la saques y, por supuesto, posando y participando junto con ello.

Cuando yo lo fui a ver, él había empezado a ser muy famoso, porque había hecho una publicidad de una gaseosa. A pesar de que parece que hubiera allí una botella enorme, no había absolutamente nada más que un dibujo hecho en el suelo, en la calle, con esa preciosidad que tiene, pero con ese volumen que da, con esa obra de arte que solamente se ve desde el lugar en el que él dice. La primera vez que le fui a ver, efectivamente, él había dibujado esto en el suelo; y este dibujo yo todavía hoy lo veo, me acuerdo de la sensación de la primera vez que lo vi, y sigo sin poder creer que esto sea solamente un dibujo, que no hay ninguna caja, que no hay ninguna mano metida dentro de ninguna caja, que no hay ningún volumen de nada, que es solamente un dibujo. Y que la sensación de perspectiva desde donde se toma la foto es la que da esta sensación.