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 A VUELTAS CON "DIOS"



Junio 07, 2012, 05:22:28 am
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A VUELTAS CON "DIOS"
« en: Junio 07, 2012, 05:22:28 am »
A VUELTAS CON "DIOS"
 
 
            Me parece que podemos estar de acuerdo en que la mente no es una “herramienta” adecuada para captar a Dios.

En todo caso, la razón crítica podrá ayudarnos a descubrir “lo que no” puede ser. Y haremos bien en no renunciar a ella, si no queremos caer en los peligros de la irracionalidad (también o, sobre todo, la religiosa).

            La mente no es herramienta adecuada porque únicamente puede operar en el mundo de los objetos. Por eso, cuando pensamos a Dios, no podemos sino referirnos a un “dios objetivado”, es decir, a un ídolo, proyectado por nuestra propia mente.

            Los místicos vieron esto con tal claridad que les llevó a usar dos términos diferentes: Deus y Deitas, Dios y Deidad (o Divinidad). Así aparece nítidamente en el Maestro Eckhart y, antes que él, en algunas místicas medievales (beguinas).

            Con el término “Dios” se referían al “Dios pensado”, al que nuestra mente tiene acceso. Con el de “Divinidad” o “Deidad” aludían a la inefabilidad del Misterio que trasciende infinitamente la razón.

            La falta de una genuina experiencia mística conduce a uno de estos dos extremos, tan ciegos como peligrosos. En un caso, (aunque sea de un modo inconsciente e inadvertido) se reduce a Dios a nuestras ideas o creencias sobre él: se produce una “apropiación” de Dios, abriéndose el camino al fanatismo y al fundamentalismo. En el otro, se niega la dimensión espiritual –el Misterio mismo-, sobre la base de que la mente no lo puede detectar, con el consiguiente empobrecimiento de lo humano, que se ve amputado en una dimensión fundamental de su ser.
            Para acceder a la experiencia mística, necesitamos acallar la mente y silenciar el pensamiento. Al hacerlo, se descorre el “velo” que oculta el Misterio; todo cesa, y emerge la Quietud, Presencia o Mismidad de todo lo que es, la “Divinidad” a la que apuntaban los místicos. Es el camino que propone Ken Wilber cuando escribe: “Experimente la simple sensación de Ser… La omnipresente conciencia Divina plenamente iluminada no es difícil de alcanzar, sino imposible de evitar”. Porque es lo que siempre está aquí. ¡Para la mente!..., y cae en la cuenta de lo que brilla aquí, ahora mismo, sin necesidad de nombre ni definición. Aquello que es, dentro de lo cual naces, en lo que vives, aquello en lo que morirás… Eso de lo que no estás –ni puedes estar- separado.

            Es legítimo y beneficioso que la persona pueda dirigirse a “Dios” como objeto de referencia de su amor y de su vida. Pero me parece que deberá hacerlo con una cautela y, deseablemente, con un estímulo.

            La cautela no es otra que la de no creer que el “Dios” al que se dirige agota la “Deidad”, del mismo modo que su creencia (mental) no se identifica con la verdad (el Misterio de lo que es), sino que se trata sólo de un “mapa” que apunta al Territorio inefable. El creyente haría bien en no olvidar que el “Dios” al que se dirige es, en gran medida, proyección de él mismo: si indagamos con rigor y honestidad, veremos que, aun con la mejor intención, creamos a “Dios” a nuestra propia imagen, es decir, a imagen de nuestras aspiraciones, deseos, expectativas, necesidades, miedos, normas, obligaciones… e incluso superego; todo ello condicionado por la cultura, el entorno social, la propia historia psicobiográfica…

            El estímulo reviste la forma de dinamismo que alienta desde dentro de cada ser humano, anhelando la experiencia directa –sin velos ni costuras- de la Divinidad que nos sostiene y constituye.
Es bueno recordar que esta experiencia no queda reservada a unos pocos “elegidos”: en realidad, es lo que ya somos todos. Sólo nos hace falta caer en la cuenta, descorrer el velo de la razón, dejar de contarnos “historias mentales” y mantenernos en la Quietud o “espacio consciente”, en el que todo se nos revela.
 
            Entre tanto, son de agradecer las palabras que hablan de estos temas con “honestidad”, es decir, alejándose de la arrogancia de la mente que cree tener la palabra definitiva…, sea para creer que ya “posee” a Dios (“Dios es como nosotros pensamos”), sea para negar todo a lo que esa palabra apunta (“Dios no existe”).
 
            Por eso, quiero traer aquí dos escritos que hacen gala de esa “honestidad” a la que me refería, y que, desgraciadamente, no es frecuente encontrar en nuestro medio cultural.

            El primero de ellos es de Pilar Rahola, periodista y política. Se declara no creyente y, en la pasada Pascua escribió la columna periodística que transcribo a continuación.

            El segundo es de José Ignacio González Faus, jesuita y uno de los más reconocidos teólogos españoles. Como veréis, se trata de una respuesta al anterior.

            Os dejo los dos, con el deseo de que nos ayuden a crecer en “honestidad” intelectual y espiritual.
 
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DIOS Y SUS COSAS
 
(Un texto de Pilar Rahola)
 
Dios y sus cosas, o más bien las cosas de aquellos que creen en Dios. En días como hoy, y más allá de gozar del tiempo festivo robado a la agenda, siempre recalo en la idea de la trascendencia divina. Y no tanto como una interrogación personal, porque hace años que descarté llenar con respuestas prefabricadas mis preguntas más hirientes. Prefiero militar en la duda, esa duda que aterriza en los miedos y en las soledades y que no da opción a ningún bálsamo.

Ciertamente, como he escrito en alguna otra ocasión, creer en Dios significa vivir y morir más acompañado. No es mi caso, porque, aunque me esforzara en aceptar algún tipo de dogma, siempre sabría que me estoy haciendo trampas al solitario. Los habitantes de la duda permanente nos llevamos mal con la fe y con sus intangibles.

Pero con independencia de la actitud personal hacia el concepto de Dios, estos días me parecen especialmente bellos para los que gozan de una fe sincera. Gentes que han construido grandes edificios de buenas acciones, porque creer los ha hecho más nobles y más humanos. Gentes que cuando rezan, aman, y amando dan algo de luz a los rincones sombríos del mundo. Va para ellos este artículo, cuya incapacidad para entender a Dios no lo inutiliza para entender a los creyentes.

Hace tiempo leí una reflexión de Bertrand Russell que me pareció sublime: “Si Dios existe, no será tan vanidoso como para castigar a quienes no creen en él”. Toda idea de la trascendencia espiritual reconvertida en tortura, dolor, infierno y cualquier sentido de culpa me parece tan tortuosa como incomprensible. No puedo entender de ningún modo ese tipo de fe que concibe un Dios castigador y punitivo, sin otra piedad que la exigencia de su dominio. Y reconozco que no me gusta la exhibición de martirio de los pasos de Semana Santa, quizás porque prefiero el Dios que renace el domingo que el que muere el viernes. La vida sobre la muerte. Pero con el Dios de las monjas de mi infancia, que enseñaba a amar al prójimo y dibujaba con renglones caritativos las líneas de la vida, con ese Dios me tuteo sin creer. Porque es la fuente de inspiración de gentes extraordinarias. Va por todos ellos.

Los que creen en los dioses de la vida y no en los de la muerte. Los que aprenden a entender a los demás, cuando aprenden a creer. Los que buscan respuestas sin imponer dogmas. Los que conciben sus creencias como una fuente de tolerancia. Los que ayudan a su prójimo porque lo conciben como su hermano. Los que gracias a Dios encuentran tiempo para construirse interiormente. Los que buscan dotar de trascendencia su paso por el mundo. Los que entienden que creer en Dios es creer en la ciencia. Los que tienen respuestas pero siguen haciéndose preguntas. Los que rezan porque aman. Para todos ellos, los creyentes del Dios del amor, feliz domingo de Resurrección.
 
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CARTA A PILAR RAHOLA
 
(José Ignacio González Faus)
 
 
            Querida Pilar: quisiera  darte las gracias por la columna del día de Pascua sobre “Dios y sus cosas”: por tocar el tema con seriedad y respeto, único modo digno tanto para creyentes como no creyentes.
            ¿Me permites añadir algo sobre "las cosas de Dios", para ti y todos los habitantes de la duda? Ahí van cuatro reflexiones de creyentes que, para un cristiano, son decisivas.
            Allá por los tiempos de Jesús se cuenta de un rabino que perdió la fe, con el comprensible escándalo social en una sociedad cerrada. Pero otro maestro comentó sobre él: "Dichoso el rabino X porque podrá practicar el bien sin esperar recompensa". Es la lección (y casi la envidia) que desde hace años me dais muchos de vosotros. Jesús dijo también que no es el que dice "Señor, Señor" el que entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre. Y he visto que algunos no creyentes cumplís la voluntad de Dios mejor que muchos de nosotros.
            Además, un gran profeta del catolicismo del siglo pasado (Emmanuel Mounier, fundador de la revista “Esprit”) escribió que, en el futuro, los hombres no se distinguirán por la postura que tomen ante el tema de Dios sino por la que tomen antes los condenados de la tierra. Y, en la misma línea, esa impresionante conversa que prefirió quedarse fuera (Simone Weil) dejó escrito: "No es por la forma en que un hombre habla de Dios, sino por la forma en que habla de las cosas terrenas como se puede discernir si su alma ha permanecido en el fuego del amor de Dios".
            Todos esos testimonios apuntan hacia una línea en la que deberíamos encontrarnos mucho más, y que, para un cristiano, se fundamenta en las palabras de otro gran profeta mártir de Adolf Hitler (el pastor Dietrich Bonhoeffer): el Dios que se revela en Jesús, es "lo opuesto de todo lo que el hombre religioso espera de Dios". Cuesta tragarlo pero es así. Porque en Jesucristo, Dios no se ha revelado como "todopoderoso" sino como aquél que, en su relación con nosotros, renuncia a su poder para identificarse con la debilidad que somos y con las víctimas que producimos. Un Dios inútil como objeto de consumo pero buena noticia como horizonte y fuerza de vida.
            Desde aquí puedo decirte que no te preocupes si no puedes creer. Conozco muchas gentes como tú. Pero los cristianos proclamamos eso de "la comunión de los santos" que significa que todo lo de Dios es común y que, por eso, es tarea nuestra creer por (y para) los que no creen y esperar por (y para) los que no esperan, si vosotros intentáis amar incluso a los que no aman.
            Quizá puedas entender ahora por qué hace ya muchos años, en uno de mis primeros escritos, comenté unos versos de Atahualpa Yupanki. Son estos: "Hay cosas en este mundo / más importantes que Dios / que un hombre no escupa sangre / pa que otros vivan mejor". Y los comenté de esta manera: para quien cree en Jesús no es el ser humano quien dicta esta estrofa; es Dios mismo quien nos hace saber que, para él, hay cosas más importantes que el que los hombres se ocupen de Dios, a saber: que no tengan unos que escupir sangre para que otros puedan vivir mejor (quizá también más piadosamente).
            Eso mismo, con otras palabras, podrás encontrarlo en textos de hace muchos siglos, como la primera carta del apóstol Juan, y varias páginas de san Agustín.
            Luego de esto hemos de ser perdonados de muchas incoherencias, bien lo sabemos. Un saludo y gracias por haber devuelto dignidad al tema.


(Enrique Martínez Lozano)