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 EL CAMBIO RELIGIOSO (tercera parte)



Junio 13, 2012, 05:43:14 am
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Desconectado Irene Zambrano

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EL CAMBIO RELIGIOSO (tercera parte)
« en: Junio 13, 2012, 05:43:14 am »

         ¿Cómo se ve a Dios en este paradigma postmoderno? Dios no está ni lejos ni cerca, ni dentro ni fuera. Dios es el Misterio de Lo Que Es. Así se dice “lo que es” en hebreo, “Yhwh”. Aunque luego se lo haya entendido como un Dios de rayos y truenos, que te podía castigar hasta la séptima generación; cuando se piensa a Dios, se lo objetiva y se lo “individualiza”: todo dios pensado es un ídolo de nuestra mente. Dios no se puede pensar, porque en nuestra mente no cabe. Entonces, ¿qué se puede hacer con Dios? Vivirlo. A Dios lo podemos vivir pero no lo podemos pensar. ¿Cómo vivimos a Dios? Cuando hacemos lo que hizo Jesús. Jesús fue un hombre que vivió a Dios, por eso “pasó por la vida haciendo el bien”. Cuando entramos por aquí, trascendemos la religión y nos adentramos en la espiritualidad.
 
 
2. Cambio religioso y espiritualidad
 
         Decía que, en la postmodernidad, todo se concibe como una gran  red en la que todo está interrelacionado con todo. Y ¿cómo estamos hoy en nuestro contexto cultural en relación con la religión y la espiritualidad?
Por un lado, todavía hoy, seguimos arrastrando aquel viejo contencioso entre la religión y la modernidad. Para entenderlo, hay un dicho que lo ejemplifica bien, cuando dice que “al tirar el agua sucia de la bañera, tened cuidado en no tirar también al bebé”. Pues eso ocurre entre nosotros hoy. La religión, como sabe que tiene un “bebé valioso”, dice “no vamos a cambiar el agua de la bañera, no vaya a ser que perdamos el bebé”, y guarda el agua de la bañera a pesar de estar sucia. Y los modernos, los laicistas, por usar esa palabra, dicen: “esto huele a podrido, vamos a tirarlo”, sin darse cuenta de que hay un bebé. Necesitamos mucha lucidez para avanzar en este diálogo.
“Espiritualidad” es una palabra gastada porque viene con un lastre negativo intenso. Pero, al mismo tiempo, constatamos que nos hallamos en una sociedad hambrienta espiritualmente. Está hambrienta por necesidad. Quiero citar el trabajo de una mujer sabia, Mónica Cavallé. Con su permiso, hice el resumen de dos libros suyos muy valiosos, que podéis consultar en mi página web. Los títulos de los libros de Mónica a los que me refiero son: “La sabiduría recobrada” y “La sabiduría de la No-dualidad”.  Pues ella dice que el mayor problema de nuestra cultura occidental es la anemia espiritual y que no podemos soportar mucho tiempo así porque nos moriremos. Y la superficialidad es otro mal de nuestro mundo: Panikkar decía que el nuestro es un mundo enfermo de superficialidad. Eso explica, en mi opinión, la búsqueda espiritual creciente.
 
         Desde distintos ámbitos se comienza a hablar, afortunadamente, de inteligencia espiritual, igual que hace unos años se comenzó a hablar de “inteligencia emocional”, que se popularizara a partir de los libros de Daniel Goleman.
Inteligencia espiritual es la capacidad de trascender la mente y el yo, porque somos capaces de separar la conciencia de los pensamientos. Pensamientos tenemos, pero conciencia es lo que somos. Y cuando uno se identifica con los pensamientos, ¿qué pasa? Que sufre.
La espiritualidad consiste en darse cuenta de la trampa que significa identificarse con nuestros pensamientos; porque los pensamientos son objetos, pero yo soy la Conciencia que observa esos objetos.
André Comte-Sponville, uno de los filósofos franceses más importantes, aun declarándose ateo, llega a decir, sin embargo, que “la espiritualidad es el aspecto más noble del ser humano” y quiere dedicar su vida a promover una “espiritualidad atea”, y no es una contradicción. Podéis encontrar su planteamiento en un libro suyo muy interesante: “El alma del ateismo”.
 
         ¿Qué capacidades potencia la inteligencia espiritual? Ayuda a mantener la serenidad, porque te separa de los pensamientos que te la hacen perder; favorece una observación desapegada de la realidad, la observación ecuánime; hace crecer en libertad interior, porque nadie ni  nada me quitan mi libertad, es mi mente la que lo hace con frecuencia: al identificarme con ella, ahí pierdo mi libertad; y potencia la compasión: cuando me desidentifico del yo, la compasión brota sola. Jesús no era compasivo por voluntarismo; no, la compasión nace de la comprensión. Y Jesús era compasivo porque vivía en ese nivel de conciencia que llamamos transpersonal, en el que se veía no separado de nada. ¿Qué quería decir cuando afirmaba: “Tuve hambre y me distéis de comer”? No decía: “Tuve hambre, y le distéis al otro como si fuera yo”. O: “Lo que hacéis a cualquiera de ellos, me lo hacéis a mí”. No decía: “Lo que hacéis a cada uno de ellos es como si me lo hicierais a mí”; dice: ”me lo hacéis a mi”. Vivía en esa conciencia de unidad. Y, al final, la inteligencia espiritual nos capacita para percibir nuestra verdadera identidad. Si salís esta noche de aquí con esta sola idea, será suficiente, me sentiré más que pagado. No sois el yo que pensáis ser y que es fuente de sufrimiento, no; somos otra cosa.
 
         ¿Cuál es la relación entre religión y espiritualidad? Por decirlo en una sola frase, no están ni identificadas ni reñidas. Son como este vaso y el agua que contiene: el agua es la espiritualidad, el vaso es la religión. A quien le sirve el vaso para contener el agua, enhorabuena. Pero si una persona dice que no, que prefiere una botella, enhorabuena. Y si otra dice que ni vaso ni botella,  que prefiere el agua en la mano, enhorabuena también.
¿Cuál es el peligro de la religión? Su absolutización. Cuando la religión se olvida de que es un instrumento y se absolutiza, como si el ideal de la persona religiosa fuera “ser religiosa”, se convierte en amenaza. No, la religión es un instrumento, como decía Jesús: “No es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre”; es un instrumento para que despertemos espiritualmente; es una herramienta, un cauce, un recipiente que vale por lo que contiene, por aquello a lo que apunta, y a cuyo servicio ha de estar.
La absolutización de la religión es sumamente peligrosa, por un doble motivo: porque conduce al fanatismo en todas sus formas (incluida la guerra de religión o el terrorismo en su nombre) y porque nubla, oscurece o ciega la Realidad que debería desvelar. Es como si absolutizáramos un determinado tipo de vaso (o recipiente) y olvidáramos que lo realmente importante es el agua.
Esto puede explicar tanto el declive de la religión como el auge de la espiritualidad. Porque la gente rechaza un determinado vaso, por muchos factores que ahora no podemos analizar (y entre los que ocupa un lugar importante la propia absolutización de la religión, con sus secuelas de autoritarismo y dogmatismo), pero sigue teniendo sed; lo sepa o no, añora el agua.
Por eso podemos estar ofreciendo religión y la gente pasa, pero ofrécele agua y verás como no pasa. Ofreces un vaso y quizás lo rechacen; muestra el agua…
 
         La religión es sólo un vehículo transportador; para mucha gente ha sido el vehículo a lo espiritual –para mí también-. Pero siempre es un instrumento y cuando se olvida que la religión es un instrumento, y se convierte en un absoluto, hace mucho daño, es muy peligrosa.
Por eso –porque la religión es sólo un vehículo de la espiritualidad-, puede darse también una espiritualidad laica, como promueve Marià Corbí, en Barcelona, o incluso una espiritualidad atea, como propugna el filósofo Comte-Sponville.
         ¿Qué es, en todo ello, lo que nos permite encontrarnos y no enzarzarnos en enfrentamientos dañinos y estériles? La lucidez para distinguir la verdad de la doctrina. Las religiones, todas, sólo contienen doctrinas. La verdad no la puede tener ninguna. La espiritualidad nos conduce a experimentar la verdad, la religión nos da doctrinas o creencias. Por decirlo de modo sencillo, la religión nos da mapas para entender el territorio, pero no es el territorio; una persona que se queda en la religión se queda en el mapa; la espiritualidad nos permite transitar el territorio. En definitiva, la doctrina es una interpretación de Lo que Es, y la espiritualidad nos hace adentrarnos en Lo que Es.
 
 
3. La dimensión profunda de lo real
 
         El despertar espiritual consiste en descubrir ese Dinamismo de un darse que engendra la forma que somos en la no-separación. Caer en la cuenta de eso y experimentarlo: eso es la espiritualidad.
Todo el misterio de la Vida es un Darse. Ese Darse está engendrando permanentemente la forma que somos cada cual. ¿Qué es un océano? Un darse del agua que está generando olas de todos los tipos continuamente. Eso es la espiritualidad. Si lo queremos formular en lenguaje religioso, la experiencia original es ésta: estamos siendo creados continuamente desde la profundidad de Dios en la no-separación. Igual que la ola es forma donde el agua vive, Dios lo que busca es vivirse en nosotros. Como le gusta insistir a Willigis Jäger, Dios no quiere ser adorado, quiere ser vivido.
Hemos creído que Dios es un soberano oriental antiguo que tiene necesidad de que le demos gloria –como se decía antes, “hemos venido a este mundo para dar gloria a Dios”-. Pero un Dios que tuviera necesidad de que le diéramos gloria no sería Dios, sería el gran Narciso. ¿Qué madre o padre aquí presentes habéis engendrado hijos para que os den gloria? Tal vez alguno, para que os cuiden en la vejez y no os lleven a una residencia, pero no es eso. Y hemos hablado de un Dios que nos crea para que le demos gloria… No, Dios nos crea para darnos gloria Él a nosotros, Dios nos crea porque quiere vivirse en nuestra forma: Dios me ha creado porque quiere vivirse, en toda mi humildad, como Enrique; Dios ha creado a Daniel porque quiere vivirse como Daniel, nos ha creado a cada uno porque quiere vivirse en nuestras formas. Como decía Ignacio de Loyola en una frase que recuerdo de forma no literal, “Dios duerme en los minerales, vegeta en las plantas, siente en los animales y ama en las personas”.  Es una forma más antigua de decir lo mismo, de expresar la no-dualidad.
Es muy importante ver que Dios y tú no sois dos, tampoco uno. No se puede ir por la calle diciendo “yo soy Dios”, porque corres el riesgo de que te lleven al psiquiátrico. Salvo que uno sea un místico, como el mismo Jesús. Él dijo “Yo soy Dios”. Pero el sujeto “yo” en el místico no es su ego, no es fulanito de tal, sino es Dios que dice “Yo soy”.
 
         Una persona que no tiene yo puede decir “yo soy Dios”, porque sólo Dios vive en ella; hasta ese extremo llega la no-dualidad. Cuando se capta este misterio estamos ya trascendiendo el nivel mental y se nos regala la experiencia del presente. El camino más corto a la espiritualidad es el venir al aquí y ahora, es el venir al momento presente. Presente –con mayúscula- es sinónimo de Dios. Es la Shekiná, la Presencia. El presente está preñado de Dios, el presente es otro nombre de Dios, la Presencia. Es uno de mis nombres queridos. Por eso hablar de espiritualidad es hablar de no dualidad. Otro místico, Javier Melloni, repite esto: “No somos iguales, pero somos lo mismo”. Como las olas y el océano: no son iguales, pero son lo mismo.
Ahora bien, a esto no llegaremos pensándolo, sino acallando la mente. Cuando tú silencias la mente, acallas el modelo mental que es dualista y emerge la no-dualidad. Y entonces experimentas que somos “lo mismo”, aunque “no seamos iguales”. La no-dualidad es experimentar las diferencias en la no-separación; ambas cosas juntas, una cara es la diferencia, la otra es la unidad; las dos cosas juntas es lo que se conoce como no-dualidad. Oiremos hablar mucho en el futuro de esto, y si no, iremos mal. Porque la no-dualidad es liberadora, es salvadora.
 
         ¿En qué coinciden todas las cosas que son? En que son. El Ser es el núcleo de lo real. Pero para percibirlo, necesitamos acallar la mente. Y para eso necesitamos meditar. De modo que necesitamos decir una palabra sobre la meditación, porque sólo la meditación nos permite entrar en este camino de la espiritualidad.
 
 
4. Espiritualidad: de la ignorancia a la liberación
 
         La espiritualidad es un camino que nos lleva de la ignorancia, o mejor todavía, de la inconsciencia a la liberación. Cuando estamos dormidos –nuestra vida es un sueño, decía Calderón- estamos inconscientes, estamos ignorantes. La tradición sufí dice que estamos todos dormidos y que sólo cuando morimos, despertamos.
La ignorancia consiste en estar identificados con la mente y el yo, creer que somos la mente o el yo, y la consecuencia es el sufrir. Es cierto que el desidentificarte del yo es muy doloroso, porque el yo busca autoafirmarse a toda costa y la inercia de donde venimos nos hace creer a pie juntillas que nuestra identidad es eso que llamamos “yo”.
Pero sólo la desidentificación del yo es el único camino de sabiduría. ¿Comprendéis ahora por qué Jesús decía: “El que quiera salvar su vida que la niegue”? Y era una persona muy vitalista. En el evangelio, negar la vida es negar el yo. Todos los maestros y maestras espirituales lo han dicho: si no caes en la cuenta de que eres más que el yo, no puedes alcanzar la sabiduría. Esto nos lleva a reconocernos en esta identidad ilimitada.
Lo que somos es algo ilimitado pero no nos hemos enterado. Hay una frase ingeniosa de un psicólogo norteamericano que dice que “del camino espiritual, ningún yo sale con vida, gracias a Dios”. Ningún yo sobrevive a la muerte; ¿qué es lo que no muere? Lo que somos, y que no sabemos lo que es hasta que no lo experimentamos. Y lo experimentamos en la meditación. Por eso, en la meditación nos jugamos nuestra identidad.
En la vivencia de la espiritualidad nos jugamos nuestra identidad. ¿Por qué no morirá lo que somos? Porque nunca ha nacido. Es como el océano…  Pero esto no tiene más sentido hablarlo, hay que experimentarlo.  Es pasar de la creencia de que somos un yo chiquitito, a que somos el Espíritu que vive en esta forma concreta que somos cada uno de nosotros. Cuando me concibo como un yo, vivo para mí, egocentrado; cuando caigo en la cuenta de que mi identidad última es el Espíritu, ahí ya he despertado.
 
         La práctica de la meditación es, por tanto, un camino de libertad interior; y un camino de compasión. Sabemos si una persona medita porque se va haciendo más compasiva. Si alguien presume de meditar y no es más compasivo en la práctica, está haciendo narcisismo espiritual. Meditar no es nada complicado, pero le cuesta mucho a nuestro yo. Meditar es acallar, silenciar la mente, dejar de identificarse con ella. Porque no somos lo que podemos observar, sino la Conciencia que observa. Si somos capaces decir: “tengo mente”, es que no somos la mente. Si puedo observar mi “yo”, eso significa que no soy mi yo. ¿Qué soy?  Yo soy “Eso” que observa.
 
         Tratemos ahora mismo de parar la mente… ¿qué queda cuando paramos la mente? Nada. “Nada” era la palabra favorita de San Juan de la Cruz: …y en la cima del monte, Nada. Nada es lo mismo que Quietud. Cuando tú paras tu mente, queda Quietud: Conciencia intensa de Presencia. Nada, Silencio, Presencia, Plenitud… Esa es tu Identidad última, la “Identidad compartida”, en la que todos y todo nos encontramos.
         Parar la mente. Silenciar la mente es lo mismo que atender a lo que ocurre aquí y ahora. Cuando atendemos al momento presente, la mente queda silenciada. Por eso, meditar se puede decir con cualquiera de estas tres fórmulas: acallar la mente, atender a lo que acontece o venir al momento presente. No hay más fórmulas en el aprendizaje del camino espiritual; todo lo demás se nos da por añadidura, como decía Jesús.
El despertar espiritual es aprender a separar la conciencia de los pensamientos. Y caer en la cuenta de que no somos nuestros pensamientos. La espiritualidad se caracteriza por la desapropiación del yo, la distancia de la mente, y la experiencia de la plenitud. Eso es lo más característico de la espiritualidad: caer en la cuenta de que tenemos mente pero somos infinitamente más que la mente.
Nuestro problema es que hemos confundido el vehículo con el conductor, el papel con el actor que lo representa, y esa confusión genera mucho sufrimiento. El papel es nuestro yo, a mi me he tocado ser Enrique, varón, de Teruel, con toda mi historia…, pero eso no soy yo; eso son circunstancias relativas (que dan, como resultado, una identidad también “relativa”, válida a su nivel); pero lo que realmente yo soy es esa otra Identidad que descubro en el silencio de la mente.
El vehículo es la mente pero el conductor es otra cosa. Y el conductor ha de percibirse distinto que el vehículo. Imaginaos que os identificáis con el vehículo: quedáis expuestos a su ceguera. Eso es exactamente lo que ocurre cuando nos identificamos con la mente: quedamos convertidos en marionetas, sujetos a los vaivenes de sus movi9mientos erráticos, que se han adueñado de nuestra vida.
No somos libres si no somos dueños de lo que pensamos, y eso requiere educar la atención. Si mi mente funciona de forma errática, ¿cómo voy a ser libre? Estaré a merced de sus vaivenes; meditar es educar la atención para ser dueños de la propia mente. ¿Como lo hacemos? Aprendiendo a observar la propia mente, aprendiendo a observar los pensamientos. Cuando observas la mente, has creado una distancia de ella y ya estás en la quietud. Y al mismo tiempo estás en el presente.
El presente siempre está bien, siempre es completo, siempre es integrador; al presente no le falta absolutamente nada. Cuando digo presente, no hablo del concepto de presente: el presente pensado es un lapso entre el pasado que nuestra mente piensa que se fue y el futuro que no ha llegado. Pero eso no es el presente, sino una idea del presente. El presente es el no-tiempo, la atemporalidad. Y a ese presente no le falta nada.
 
         ¡Para la mente!, verás que sólo queda Quietud. Si paramos la mente trascendemos nuestros pensamientos y descubrimos que somos más que ellos y ello nos permite llegar a nuestra identidad. Mientras estamos identificados con la mente no podemos entendernos sin adjetivos: yo soy esto, aquello, lo otro… Quita los adjetivos; eres lo que queda. La religión trabaja mucho con la ola, la espiritualidad nos hace conectar con el agua que somos. Es buena la religión, pero no lo es todo. Esta es la experiencia espiritual,  pasar de la afirmación de “yo soy esto” a “Yo soy”.


(Enrique Martínez Lozano)