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 LA DEPRESIÓN INFANTIL



Diciembre 22, 2010, 06:01:49 pm
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LA DEPRESIÓN INFANTIL
« en: Diciembre 22, 2010, 06:01:49 pm »
He leído en la Revista XL SEMANAL este artículo de Isabel Navarro que me parece muy interesante.
Es un poco largo, pero si tienes hijos conviene que lo leas.

"La depresión no es una enfermedad exclusiva de la edad adulta. Los niños menores de seis años también pueden padecerla. Y en el sentido más estricto y grave de la palabra. ¡Cuidado! No son unos pocos casos aislados y, a veces, se confunden los síntomas. Se lo contamos.



En nuestra sociedad la depresión es un fantasma, el elefante en la habitación del que nadie quiere hablar, una tristeza profunda, incapacitante, que apaga la luz y deja a quien la sufre en la oscuridad total. Les sucede a los adultos y, aunque nos cueste creerlo, también a los niños. Aproximadamente el cinco por ciento padece depresión en algún momento de su infancia y el 18 por ciento de los diagnosticados cronifica la enfermedad. De hecho, uno de los grandes descubrimientos de la psiquiatría en los últimos 20 años es que la mayoría de los males mentales crónicos empieza a desarrollarse en esos primeros años.


Los niños sufren. Manuel (nombre ficticio) tiene cinco años y sufre. En el cole hace lo que debe hacer. En casa es dócil, no es problemático, pero nunca quiere correr, no participa en juegos y, cuando construye una torre y se le cae, llora, desconsolado, y dice que él no sabe, no sirve, no vale. Si se le rompe un plato, se encierra en la habitación y dice que es malo, que no sabe hacer nada. Cuando ve películas de Disney, se enfada: «Los sueños no se hacen realidad. ¡Eso es mentira!». Manuel sufre y sus padres sufren por verlo sufrir. «Debemos tener mucho cuidado al decirle que hace algo mal, ya que se culpa y lo interioriza inmediatamente», cuenta Teresa, su madre. Él es el pequeño de tres hermanos. Teresa y su marido son padres entregados. Ella, maestra; él, ingeniero. Con los otros hijos no tuvieron problemas. Aconsejados por la psicopedagoga del colegio, llevaron al niño a un especialista. Manuel está diagnosticado de depresión preescolar o depresión de inicio temprano y va a terapia dos veces por semana.


¿Pero cómo diferenciar la tristeza de la depresión en quien apenas sabe hablar? Según Mariela Michelena, autora de Un año para toda la vida y coordinadora del Departamento de Niños y Adolescentes de la Asociación Psicoanalítica de Madrid (APM), el factor temporal es determinante: «La tristeza es un estado pasajero, y un niño puede ponerse triste por muchas razones, como la separación de sus padres. El niño puede llorar a ratos y pedir que su papá vuelva. Es evidente: está triste, pero, si una hora después, juega y se ríe, inventa, protesta, no está deprimido». Michelena cree que para evaluar si lo que le sucede al niño es grave hay que buscar en lo más primario: la alimentación, el sueño, los esfínteres y el juego, «porque el juego es el trabajo del niño». Si alguna de estas cuestiones está afectada, si no come o come de más, si no duerme o está siempre dormido, si sufre constantes terrores nocturnos, si no juega, «no tendrá forzosamente una depresión -añade Michelena-, pero le ocurre algo que hay que dilucidar».


«Habitualmente, con los preescolares hay más signos que síntomas -agrega Celso Arango, responsable de la Unidad de Adolescentes del Servicio de Psiquiatría del hospital Gregorio Marañón de Madrid-: el niño no ha desarrollado aún el lenguaje y se expresa en lo corporal: con apatía, con falta de movilidad, con falta de apetito, con el descontrol del sueño, el ensimismamiento o la falta de contacto con el exterior..., y todo eso lo expresa con el cuerpo y muchas veces a través de somatizaciones.» Una depresión puede estar enmascarada con dolores de cabeza o dolores inespecíficos, con un malestar general que, tras la exploración, resulta «no ser nada».


Paradójicamente, y como le pasa a los ancianos, otras veces la depresión en niños se manifiesta con rabietas y agresividad. El niño vive en un estado de ansiedad constante y expresa su angustia con malas contestaciones o no soporta la menor frustración y estalla por cualquier cosa. «El niño no te dice que está triste, sino que lleva un tiempo inquieto por dentro y que lo que le pasa es que no sabe qué le pasa», explica Arango.


¿Y por qué le pasa lo que le pasa? ¿Por qué se hunde? Igual que en los adultos, las depresiones infantiles pueden ser endógenas o exógenas. Las exógenas están motivadas por un factor externo -un abandono, un cambio de ciudad, la muerte de un progenitor- y son más fáciles de superar, aunque sus consecuencias son imprevisibles. El marido de Victoria murió cuando sus hijos tenían tres y cinco años. El de tres, Jaime, lo llevó mejor, pero Fernando, el mayor, sufrió una profunda depresión que, según ella, le cambió el carácter para siempre. «Era encantador, muy dulce y de repente empezó a ser problemático, estaba gordito y no soportaba que se metieran con él, así que pegaba a los otros niños y se metía en problemas. Te contestaba mal, nunca quería ir al cole, pero tampoco quería jugar ni separarse de mi lado. Pedía ayuda a gritos, casi a empujones, pero yo también estaba hundida en mi propia depresión y le fallé.»


¿ESTÁ TRISTE O TIENE DEPRESIÓN?
No hay que apresurarse a sacar conclusiones porque cada niño es distinto, pero padres y profesores han de estar atentos cuando algún niño presente alguna de las siguientes características con reiteración:

Está continuamente triste, llorando con más facilidad.
Pierde el interés por los juegos preferidos y por la escuela.
Se aleja de sus amigos y de la familia.
Presenta una comunicación pobre y se aísla en sí mismo.
Se aburre y se cansa con facilidad.
Presenta menos energía o concentración.
Se queda irritable o demasiado sensible frente a pequeñas frustraciones, montando rabietas o berrinches con más facilidad.
Se le nota extremadamente sensible al rechazo y el fracaso.
Expresa baja autoestima y se desprecia a sí mismo.
Elige «finales tristes» para sus cuentos y representaciones.
Se comporta de una manera agresiva.
Se queja constantemente de dolores de cabeza o de estómago.
Duerme demasiado o muy poco.
Come demasiado o muy poco.
Sufre una regresión a los primeros años de vida, hablando como un bebé u orinándose en la cama.
Muchos de los juegos que practica le dan un énfasis especial a la muerte o a temas tristes.
Tiene una reacción mínima, indiferente, a los acontecimientos que deberían provocar felicidad o alegría.
   
 
¿CÓMO PUEDO AYUDARLO?



No ignore los síntomas de depresión. Preste más atención de la normal a su hijo. Juegue con él y así le será más fácil hablar sobre sus problemas. Lea libros infantiles con temas relacionados, dibuje, pinte, construya un puzle con su hijo. Dedíquele un momento especial y único y así creará un ambiente más cercano y de confianza.


Hágale preguntas y esté atento a las pistas. Un niño en edad de escolarización primaria puede llegar a decir «soy tonto». No se trata sólo de apoyarlos diciéndoles que no lo son; pregúnteles por qué piensa eso, si pasó algo en la escuela, etc. El niño podrá contestar diciendo que todo es una porquería. Pregúntele entonces qué le parece malo. Lo importante es indagar en lo que piensa. El niño necesita atención, interés por su parte.


Establezca y mantenga las rutinas. El niño también necesita sentirse arropado por una disciplina. Se sienten colaboradores y partícipes cuando se establece un horario para cada actividad. Los «límites» los pide él. Por ejemplo: no existe nada más cálido y lleno de afecto que leer un cuento antes de dormir y ser bien arropado. De esta forma estarás diciendo al niño que los problemas no son culpa de ellos; que todo continúa como antes y que él es importante para ti.


Esté atento por si el niño tiene estrés. Es necesario reevaluar el calendario diario de actividades del niño.Pregúntese si su hijo no esá haciendo demasiadas cosas; si no se lo está sobrecargando de actividades. Puede que el niño se sienta cansado y estresado.


Busque tratamiento médico. Hágalo en el caso de que su hijo empiece a aislarse, comportarse mal o hacer comentarios negativos sobre sí mismo. Si ve que su niño ha sobrepasado el límite de la normalidad, busque ayuda y apoyo médico. El diagnóstico y tratamiento temprano de la depresión son esenciales para un niño afectado. El pediatra lo derivará a un psiquiatra infantil de la Seguridad Social o bien puede acudir a un especialista de la medicina privada. El tratamiento de la depresión infantil ante todo debe ser individualizado, adaptado a cada caso en particular y a la fase del desarrollo en que se encuentra el niño y, además, debe involucrar de una manera activa a los padres y realizar intervenciones hacia el entorno del niño (familiar, social y escolar)."