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 EL FUTURO DE LA EXPERIENCIA CRISTIANA - 2ª parte



Diciembre 10, 2012, 05:21:02 pm
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EL FUTURO DE LA EXPERIENCIA CRISTIANA - 2ª parte
« en: Diciembre 10, 2012, 05:21:02 pm »
El culmen de la Creación está iniciado en María, pero no está todavía cumplido. Sólo lo estará cuando cada uno de nosotros haga como ella y exprese desde el núcleo más íntimo de la propia libertad el Fiat que engendra la Luz en el mundo.
 
El punto decisivo de la maternidad de María para el cristianismo del futuro es la toma de conciencia de hasta dónde llega el escándalo cristiano de la Encarnación: a más de relacionarse con nosotros como Padre (como aquél que da), Dios se relaciona con nosotros - con cada uno de nosotros - como Hijo (como aquél que recibe). Ésta es la dimensión trinitaria de la experiencia cristiana: Dios es donación pura (la tradición lo expresa con la palabra de Padre), recepción pura (Hijo) y compartición pura (Espíritu). La tarea de co-creación a la que Dios nos llama, pasa por descubrir la propia responsabilidad en la relación con Dios y la radicalidad de la reciprocidad que Dios quiere establecer con cada uno de nosotros.
 
2. María virgen sínodo del Laterano, s. VII (649)
 
¿Qué sentido tendría pensar que María concibió a Jesús por medio de una relación sexual con José o con otro barón, y que después o simultáneamente, Dios de alguna manera hizo que éste que había estado o estaba siendo concebido, fuera 'Hijo de Dios' y 'verdadero Dios'? El problema de una explicación así, no sería que resulta increíble, ya que la explicación que María concibió por obra del Espíritu Santo es igualmente increíble, sino que sus consecuencias existenciales, aquello que esta manera de concebir la Encarnación estaría afirmando sobre el potencial de nuestra relación con Dios y sobre la tarea de darlo a luz en el mundo (nuestra cristificación), vincularía de hecho la posibilidad de realizarme humanamente a la posibilidad de tener relaciones de pareja. Y no. Nuestra realización personal, nuestra cristificación, la plenitud de nuestro potencial humano no depende de si tenemos o no pareja, o de sí tenemos o no relaciones sexuales; depende sólo de nuestra capacidad de amar a Dios y esta capacidad de amar a Dios se reconoce en el amor en los demás, sobre todo a los que no cuentan (opción preferencial por los pobres). Si María no hubiera podido concebir a Jesús sin José o sin otro barón, nuestra cristificación (la posibilidad de concebir a Cristo dentro de nosotros y de darlo a luz en el mundo) no sólo quedaría vinculada a una relación de pareja, sino muy particularmente a una relación de pareja heterosexual (la única capaz de engendrar hijos biológicos).
 
El dogma de la virginidad de María, en cambio, sitúa nuestra realización personal en el plan que le corresponde: en la intimidad de nuestra relación con Dios (que se muestra en el amor a los demás). Esta intimidad con Dios se puede vivir tanto si se tiene pareja como si no. Por eso la pareja cristiana no es sacramento del amor de Dios en tanto que encierro en sí misma, sino en el seno de la comunidad de fe.
 
El tema de la realización personal sin pareja ha sido históricamente un punto particularmente difícil para las mujeres, tanto por presión externa como por convicción interior. La sociedad ha tendido a definirnos en función de la maternidad y las mujeres hemos tendido a asociar la felicidad con una vida de pareja lograda. En otras ocasiones he tomado postura sobre lo que pienso que es el origen de esta situación [12]. Aquí me limitaré a señalar que en la medida en que sea cierto que las mujeres tendamos en general a tener más miedo a la soledad que a la dependencia y los barones al revés, el tema de la virginidad concebida como espacio interior irreductible e incomunicable a partir del cual es posible amar en libertad, puede ser para nosotras, mujeres, particularmente relevante.
 
Mi irreductibilidad personal es el espacio que no puedo entregar ni a Dios mismo: es la condición de posibilidad de la co-creación, el núcleo de mi 'alteridad' con respecto a Dios y con respecto a toda otra criatura, mi dignidad inalienable, mi libertad. No es un espacio que haga falta proteger o preservar. Sólo hay que reconocerlo. Como más centrada está la persona en este espacio, más capaz es de darse y de amar sin dependencias y sin límites tal como Dios nos ama.
 
El punto decisivo de la virginidad de María para el cristianismo del futuro es indisociable del de su maternidad: a la maternidad le corresponde la noción de ' co-creación' y a la virginidad la noción de 'libertad radical' que la hace posible.
 
3. María inmaculada     Pio IX, 8 diciembre 1854
 
Afirmar que María fue concebida sin pecado original equivale no sólo a afirmar que el pecado no forma parte de nuestra humanidad tal como ha sido creada por Dios (i.e. se puede ser plenamente humano sin tener nada a ver con el pecado y éste es el caso de María y de Jesús), sino que Dios sigue garantizando - a pesar de todos los horrores de la historia pasados y presentes, a pesar de la opacidad de tantas situaciones de injusticia - que todos sin excepción podemos llegar un día a vivir sin pecado, a ser plenamente humanos, plenamente divinos. El pecado no es nunca fruto de la libertad sino únicamente del miedo a la libertad, del miedo a amar como Dios ama. Por eso no sólo se puede ser plenamente humano sin pecado, sino que la ausencia de pecado (la ausencia de miedo) es la condición de posibilidad de esta plenitud, es el horizonte hacia el cual avanzamos. La vida sin pecado de María y de Jesús es una anticipación escatológica en la historia de lo que nos será posible a todos con la gracia de Dios, eso es, nuestra plena divinización que es lo mismo que nuestra plena humanización.

¿Así, la dificultad de ver en María un modelo de humanidad llena no tiene ningún fundamento?, ¿ha surgido de la nada? No. No creo que haya surgido de la nada, pero es muy importante precisar que la dificultad no nace de la ausencia de pecado de María (si así fuera, tendríamos que tener la misma dificultad con Jesús y entonces la redención misma - que se basa en la plena humanidad de Jesús - quedaría vacía de contenido), sino de la ausencia de tentación. El problema es pensar que María no tuvo 'tentación'. Y eso no lo afirma ningún dogma. María, como Jesús, tuvo tentaciones. María, como Jesús y como nosotros, tuvo que decidir en cada momento concreto del espacio y el tiempo de su existencia, qué es amar. Que María naciera sin pecado original no implica que no pudiese pecar. Podía. Como Jesús, que también podía (cf. el evangelio de las tentaciones; Mc 1, 13 y paralelos).
 
La respuesta libre y responsable de María hizo posible el advenimiento de Dios en la historia sin el cual no habría habido Redención. Dios no nos podía haber salvado sin el 'Sí' libre de María. Es en este sentido que Juan Pablo II proclamó a María Corredentora. La dinámica de la co-redención, igual que la de la co-creación, es única en María pero no es exclusiva de ella sino que se hace extensiva a todos nosotros. También en nosotros es verdad que la redención no se puede llevar a cabo sin  nuestro 'Sí' libre y responsable. El mensaje de Dios está claro, y fue bellamente expresado por S. Agustín: Dios nos ha creado sin nosotros, pero no nos quiere salvar sin nosotros [13]. Ésta es nuestra dignidad. La dignidad que corresponde a nuestro ser imagen de Dios, a nuestra libertad. Tanto para la co-creación como para la co-redención es María 'lugar teológico' en su humanidad realizada que da a luz la Luz.
 
No hay ningún dogma que diga que María no fue tentada. La historicidad llena y total de Jesús es la misma que tiene María, a la cual el viejo Simeón anuncia que una espada le atravesará el alma (la psique). El dolor que sufre María al pie de la cruz y que la tradición artística ha convertido en uno de los motivos principales de representación, es auténtico, de igual manera que es auténtico el dolor de Jesús en Getsemaní. Los caminos de Dios no son los nuestros. María, como Jesús, no lo entiende todo; no está protegida de la duda ni de la angustia y tiene que decidir por ella misma, qué es amar en cada momento, también al pie de la cruz, cuando el amor parece irremediablemente vencido.
 
Al Inicio del evangelio de Lucas encontramos un díptico que establece un paralelo y al mismo tiempo un contraste entre la escena del anuncio del ángel a Zacarías y a María. En ambos casos, el mensaje de parte de Dios parece imposible de realizar ya que objetivamente no se dan las condiciones necesarias. Tanto Zacarías como María expresan su perplejidad: Zacarías dice que a su mujer, Elisabeth, hace años que le ha pasado la edad de concebir y María dice que no conoce barón. Y, a pesar del estricto paralelo de la reacción de Zacarías y de María, Zacarías es castigado y se queda mudo, sin poder proclamar la Palabra de Dios ni hablar de lo que le ha sido revelado, y María en cambio es honorada y se va llena de gozo a cantar por las montañas el anuncio del ángel. ¿Qué ha pasado? La diferencia entre Zacarías i María no es que Zacarías duda y María no; no es que Zacarías piensa y razona con la lógica y María no; no es que Zacarías tiene criterio propio y María no. La diferencia implícita en el relato es que Zacarías absolutiza el propio horizonte de comprensión y María no. María, igual que Zacarías, expresa su objeción, pero a continuación, a diferencia de él, da testimonio, con su fit de la confianza radical, que es la condición sine qua non de nuestra relación con Dios. Vivir de fe, como María y como Jesús, dispone a comprometerse por amor más allá de la propia capacidad de comprensión, y esta actitud basa su razonabilidad en el hecho de haber experimentado previamente que el propio horizonte de comprensión tiene límites que no se corresponden con la realidad objetiva.
 
El punto decisivo de la inmaculada concepción de María para el cristianismo del futuro es que cualquier persona es totalmente redimible porque su pecado no pertenece a su esencia y porque lo único que Dios le pide es un acto de confianza que está siempre a su alcance.
 
4. María asunta    Pio XII, 1 noviembre 1950
 
El dogma de la Asunción nos remite al sentido y al valor que otorgamos a nuestra corporeidad y al mundo material en su conjunto. Es sabido que la cosmovisión y la epistemología cristianas son incompatibles con el dualismo. Eso no quiere decir que no se puedan encontrar múltiples ejemplos de menosprecio del cuerpo entre los autores cristianos pasados y presentes, ya que el dualismo parece desde un punto de vista intelectual la postura más lógica y de hecho ha estado la postura prevalente en la filosofía occidental, bien sea en sus versiones materialistas o en las idealistas. Las primeras reducen el mundo de aquello que verdaderamente es o existe a la materia y consideran el espíritu pura quimera, una invención sin correlato consistente en la realidad; las segundas ensalzan la pureza del espíritu y desprecian la materia como realidad contingente y limitada. Las versiones idealistas del dualismo han sido las más influyentes. Desde Platón el mundo material y en concreto el cuerpo humano ha sido visto como una prisión para el espíritu. El mundo material se concibe como aquello que limita el despliegue del espíritu: ¡ah! ¡Cuando llegará la liberación de esta materia que no nos deja ser plenamente aquello que estamos llamados a ser! Este lamento es incompatible con la visión cristiana, la cual considera la materia en su conjunto y nuestro cuerpo en particular, como totalmente transparentes a la acción del Espíritu. Para el cristianismo lo que se opone al Espíritu y dificulta la expresión no es la materia sino únicamente el miedo a la libertad. Todos los domingos cantamos en Laudes el canto de los tres jóvenes: Bendecid al Señor, todas las criaturas, cantadle alabanzas para siempre... luz y tiniebla... nubes y rayos... montañas y colinas... peces y monstruos marinos... fieras y manadas... todos los hombres (Dn griego 3, 52-90). La Creación entera, en su materialidad, ha sido hecha por Dios para ayudarnos y no por obstaculizar-nos en nuestra tarea existencial que es el encuentro con Dios, la amistad con Dios que se concreta en la amistad con los que tenemos cerca, especialmente los más desfavorecidos. Todo lo que está vivo y todo lo que existe es hermano/hermana en el sentido de san Francisco; todo excepto el pecado, que no ha sido creado por Dios sino que es fruto de la renuncia a nuestra responsabilidad de co-creadores. En el momento de hacer la Creación, Dios la declara 'buena' e incluso muy buena (Gn 1,10 ss); la materia creada es totalmente dinamizable por el Espíritu y gracias a esta potencialidad participa de la gracia de este Espíritu que cernía sobre la nada de las aguas primordiales. Todo lo que nombramos 'mundo material', lejos de ser una prisión para nosotros es condición de posibilidad de experimentar aquello por lo que hemos sido hechos: el amor a Dios y el amor de los unos por los otros. En esta tarea la materia no es nuestra enemiga sino nuestra aliada, ya que es sólo a través de los límites de espacio y tiempo que ella nos impone, que nos es posible tomar conciencia de nuestra capacidad de optar, que nos es posible tomar una dirección u otra en la vida y en cada situación concreta (Kant expresó de forma sucinta y poética la paradoja del límite espacio-temporal: la paloma cree que sin aire volaría más aprisa [14]).
 
El dogma de la Asunción afirma que María fue llevada al cielo en cuerpo y alma. San Pablo anuncia la transformación de nuestro 'cuerpo terrenal' en un 'cuerpo espiritual' (1Cor 15,44ss) y en el credo proclamamos 'la resurrección de la carne'. No sólo en la tierra, sino también en la plenitud del cielo, el alma es inseparable del cuerpo y la persona no es concebible sin ambos. El 'cuerpo' es el equivalente de la dimensión 'esse in' de la persona, de su libertad, de la virginidad concebida como espacio irreductible que la individualiza y le permite ser verdaderamente distinta de todas las otras personas y también distinta de Dios. Afirmar que María fue llevada al cielo en cuerpo y alma equivale a afirmar que su manera de vivir su identidad personal en la tierra fue totalmente libre. María fue totalmente 'ella', sin miedo y sin pecado; asumió plenamente su responsabilidad de co-creadora en la contingencia del mundo y en las vicisitudes de su trayectoria vital, que no fue precisamente fácil. Haciendo uso de las expresiones paulinas citadas más arriba podemos afirmar que el 'cuerpo terrenal' de María se correspondía en todo a su 'cuerpo espiritual', cosa que - a causa del pecado - no pasa en ninguno de nosotros, pero sí que pasó a Jesús. Lo que significa en concreto la correspondencia (en el caso de Jesús y de María) o bien la transformación (en nuestro caso) del 'cuerpo terrenal' en 'cuerpo espiritual', no es posible conocerlo mientras estemos en el mundo del tiempo y del espacio. Sin embargo, lo que resulta decisivo afirmar es que el alma no habita en el cielo sin el cuerpo. Lo único que queda excluido del cielo es el pecado, no el cuerpo.
 
El punto decisivo de la asunción de María para el cristianismo del futuro es la revalorización de la unidad indisociable cuerpo-espíritu que da un sentido absoluto a nuestra historia y no permite interpretarla como una sucesión indefinida de segundas oportunidades. No hay una segunda vida en el espacio y el tiempo que me permita aprender a amar mejor, porque los límites de tener sólo una vida, no son un obstáculo sino precisamente la única manera, la condición de posibilidad para aprender a amar. La paloma cree que sin aire volaría más aprisa. Y no. Sin límites no aprenderíamos nunca a amar de veras. Sin riesgo, nuestro amor no valdría nada. Amar es un gesto sencillo, al alcance de todo el mundo, que no depende de las circunstancias sino sólo de la capacidad de confiar. Para el cristiano, esta capacidad de confiar (y de responsabilizarse plenamente, hasta las últimas consecuencias, de la confianza dada) se tiene que ejercer en esta vida limitada por el espacio y el tiempo, que es lo único que tenemos y que por este motivo tiene una urgencia y una dignidad absolutas.
 
Este breve recorrido por los dogmas Maríanos ha puesto de relieve la estrecha unidad que existe entre ellos desde el punto de vista teológico. Las circunstancias en que fueron proclamados son muy diversas y no están exentas de conflicto, pero tanto en su formulación como en la historia de su interpretación estos dogmas apuntan hacia una misma realidad esencial: el Dios cristiano, Dios trinitario, no se quiere y no se puede relacionar con nosotros solamente como aquél que da, solamente como Padre, sino también como Hijo, como aquél que recibe. María vivió hasta las últimas consecuencias esta reciprocidad inaudita con Dios (la reciprocidad del Espíritu) y se fio del todo de este Dios Todopoderoso que no tiene miedo de la vulnerabilidad ni del límite. Es en este sentido que tenemos que afirmar que la experiencia cristiana del s. XXI será Mariana o no lo será.