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 EL FUTURO DE LA EXPERIENCIA CRISTIANA - 1ª parte



Diciembre 10, 2012, 05:22:57 pm
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EL FUTURO DE LA EXPERIENCIA CRISTIANA - 1ª parte
« en: Diciembre 10, 2012, 05:22:57 pm »
EL FUTURO DE LA EXPERIENCIA CRISTIANA
Teresa Forcades i Vila
(Teresa Forcades y Vila (1966, Barcelona, España) es médico, teóloga y monja de la Orden de San Benito, conocida por sus posiciones feministas y sus manifestaciones críticas con las actuaciones de las multinacionales farmacéuticas.)


"ESPACIO ABIERTO": Texto correspondiente a la conferencia
del 10 de enero 2009 en el CIC

(Este artículo ha sido traducido del original catalán
mediante traductor automático. Disculpen.)
 


Los compañeros de Espacio Abierto no me han propuesto no hablar hoy del futuro del 'cristianismo' sino del futuro de 'la experiencia cristiana'.

Doy toda la importancia a esta palabra 'experiencia' que nos recuerda ya de entrada que nuestra pregunta sobre el futuro no puede ignorar el ámbito de libertad y amor irreductible que constituye nuestra interioridad.

El recurso a la interioridad no implica una renuncia o un menosprecio de la dimensión política de la fe sino un reconocimiento de su raíz más profunda: el compromiso social y político sin el cual el cristianismo no tiene futuro ni en el s. XXI ni en ningún otro, es simultáneo e indisociable de la experiencia personal del amor de Dios. Es en este sentido que hoy me propongo desarrollar una tesis que parafrasea las anteriores y espero que nos permita descubrir aspectos quizás nuevos o tenidos no lo bastante en cuenta de nuestro 'ser cristianos'. Mi tesis es:

La experiencia cristiana en el s XXI será Mariana o no lo será.
 
La figura de María ha tenido una relación difícil tanto con el cristianismo progresista en general como con la teología feminista muy en particular. La exaltación de la figura de María se asocia a menudo a grupos y movimientos católicos de tendencias socio-políticas conservadoras que añoran el modelo de familia patriarcal y tienden a legitimar las extremas injusticias del sistema económico imperante como si fueran ley de vida. En contraste con esta desconfianza revolucionaria hacia la mariología, hay que afirmar que el texto bíblico que de forma más clara y rotunda da apoyo a la teología de la liberación y a su opción preferencial para los pobres no es otro que el Magníficat de María de Nazaret. María, tan pronto como se siente grávida de Dios, proclama que el Todopoderoso 'derroca los poderosos del solio', 'ensalza los humildes', 'llena de bienes a los pobres' y hace que 'los ricos vuelvan sin nada'. Un cántico muy poco correcto políticamente, que cantamos cada día en vísperas, en honor de la Madre de Dios.
 
Presentaré a continuación una lectura de los cuatro dogmas Maríanos: María madre de Dios (Theotokos), María virgen, María Inmaculada y María Asunta, que sitúa la figura femenina de María como referente y catalizador de una experiencia cristiana a la altura de los retos que le plantea el s XXI.
 
1. María madre de Dios (Theotokos) concilio de Éfeso, s V (431)
 
El título de Theotokos (Madre de Dios) es la primera afirmación dogmática de la Iglesia en relación a María. Este título fue muy debatido en los primeros siglos del cristianismo; de hecho, todos los dogmas cristianos han sido precedidos no por días, ni meses, ni años, sino por siglos de debate teológico encendido, de polémica, de luchas que han pasado por la descalificación personal, por el exilio, por la excomunión o incluso la ejecución por parte del poder civil de los que tenían opiniones contrarias. El objetivo de estos debates y el sentido de la formulación de los dogmas no es - cómo muy bien explicitó John Henry Newmann [4] - encapsular la verdad de la Revelación en fórmulas humanas, sino justo el contrario: evitar que el misterio de Dios no quede limitado por ningún universo conceptual concreto por medio de formulaciones que obligan nuestra razón a ir más allá de ella misma. El paso místico no es en contra de la razón ni la ignora, sino que sólo es posible desde la razón, aunque la depasa. El dogma trinitario (una sola naturaleza, tres personas) y el cristológico (una sola persona, dos naturalezas) han obligado la razón humana, una vez y otra a lo largo de la historia, a enfrentarse con los propios límites y a descubrir la propia grandeza en el gesto de reconocerlos. El anónimo del s. XIV habla de la 'nube del no saber' y Kierkegaard del 'suicidio de la razón', pero para ambos la dimensión mística es una dimensión antropológica irrenunciable y eminentemente positiva cuyo reconocimiento es un sine qua non para la teología. Nuestro lenguaje sobre Dios es siempre insuficiente (dimensión apofática), pero no es nunca indiferente (dimensión catafática o analógica). No es lo mismo afirmar que 'Dios es bueno y fiel' que afirmar que 'Dios es malvado y traidor' (cf. Tomás d'Aquino ST I qq. 12-13).
 
¿Qué significa, pues, afirmar que María es 'madre de Dios'? ¿Si Dios es el Absoluto, como puede tener madre? [5]. Ya en el s. V, el entonces patriarca de Constantinopla Nestorio no lo veía claro y consideraba que el título que correspondía a María no era Theotokos sino Christotokos, ya que María propiamente era madre sólo de la naturaleza humana de Cristo y no de la divina que es eterna. Cirilo de Alejandría por su parte, consideraba que María no había engendrado ninguna 'naturaleza', ni divina ni humana, sino que había dado a luz una 'persona', y ya que esta 'persona' - tal como había definido el Concilio de Nicea un siglo antes - era plenamente Dios, María podía ser llamada con toda propiedad 'madre de Dios'. La fe cristiana afirma que Jesús es Dios mismo, que nace en el tiempo y el espacio de nuestra historia, Dios que lo ha creado forma parte de esta historia y es engendrado en ella. Al engendrar a Jesús, al dar a luz a Jesús, María engendra a Dios en el tiempo y espacio de nuestra historia. Con lo cual se ve claro (o se tendría que ver claro) que, de hecho, Dios no ha creado 'la historia'. Dios ha creado todas las condiciones necesarias para que la 'historia' existiera, pero la noción de historia - a diferencia de la noción de ciclo vital o de eterno retorno - presupone un diálogo entre Dios y su criatura; la historia es el espacio común (de Dios y de la humanidad) que da sentido a la Creación.
 
Eso ya lo expresó magistralmente la teóloga del barroco María Jesús de Ágreda (1602-1665). En su obra La mística ciudad de Dios a esta gran teóloga a la cual la historia no ha hecho aun justicia, viene a afirmar que la maternidad de María es el lugar teológico de nuestra libertad. Nuestra misión como personas, el sentido de nuestra existencia es, a imitación de María, 'dar a luz la Luz', engendrar a Cristo en el mundo, y la única manera de hacerlo es concibiéndolo antes en nosotros por obra - y gracia - del Espíritu Santo. Ésta es doctrina antigua y es el motivo por el cual María es imagen de la Iglesia. En la economía divina, María - que no es, no ha sido nunca ni será nunca 'persona divina' - no está a pesar de eso 'subordinada' a Dios porque Dios, por decisión libre de su soberanía, no nos busca como 'súbditos' sino como 'amigos'. Dios no podía de ninguna manera haber-se encarnado en María sin el 'Sí' libre de María. No podía violentar a María y no nos puede violentar a nosotros porque Dios es Amor (defender que Dios puede hacer actos de desamor es una contradicción equivalente a afirmar que el Amor puede no amar). Afirmar que 'no puede' en el caso de Dios es lo mismo que decir que no 'quiere' porque Dios es del todo y sólo aquello que quiere ser. Dios es totalmente libre y nos ha hecho a nosotros de manera que también podamos serlo. Pero no lo seremos sin nuestra participación activa, no lo seremos sin quererlo, igual mutatis mutandis como María no fue madre de Dios sin quererlo. Dios es totalmente libre porque es totalmente Amor. Nosotros somos libres en la medida exacta en que amamos.
 
Veamos como expresa María de Ágreda esta toma de conciencia de María de Nazaret, éste ponderar tranquilo y lúcido de aquello que el ángel le anuncia y éste hacerse cargo de la propia libertad delante de Dios:
 
Consideró y penetró profundamente esta gran Señora el campo tan espacioso de la dignidad de Madre de Dios para comprarle con un fiat; vistióse de fortaleza más que humana y gustó y vio cuán buena era la negociación y comercio de la divinidad. Entendió las sendas de sus ocultos beneficios, adornóse de fortaleza y hermosura; y habiendo conferido consigo misma y con el paraninfo celestial Gabriel la grandeza de tan altos y divinos sacramentos, estando muy capaz de la embajada que recibía, fue su purísimo espíritu absorto y elevado en admiración, reverencia y sumo intensísimo amor del mismo Dios [6]
 
Los verbos de los que María es sujeto activo en esta descripción de la Anunciación son: considerar, penetrar profundamente, comprar, vestirse, saborear, ver, entender, adornarse, conferir con ella misma y con el ángel Gabriel, ser muy capaz y, por último, recibir. El único verbo del cual María es sujeto pasivo es: su espíritu estuvo absorto y elevado.
 
Sigue a María de Ágreda describiendo de qué manera fue el acto de amor libre y consciente de María de Nazaret, que hizo posible que de su corazón surgieran tres gotas de sangre que fueron a parar al útero y se convirtieron en el principio material y al mismo tiempo en el símbolo y la expresión del amor de María, del don total, libre y consciente de sí sin el cual la Encarnación no habría podido tener lugar. La Encarnación según María de Ágreda no es el resultado de la unión del Espíritu de Dios con la materia de María. La Encarnación es el resultado de la unión del Espíritu de Dios con el espíritu y la carne - con la persona entera - de María. El 'fiat' de María no es su consentimiento porque Dios 'tome su cuerpo' y se encarne. Es infinitamente más que eso. Es verdadero diálogo interpersonal, unión amorosa de dos personas plenamente libres: la persona divina del Espíritu y la persona humana de María. Dios, que es Amor, no habría podido encarnarse en María sin el amor activo y consciente de ella. El misterio de la Encarnación es el misterio del amor interpersonal, de tú a tú, entre una persona divina y una persona humana, entre Dios (Espíritu Santo) y María, y en ella cada uno de nosotros. El misterio de María es el misterio de la Nueva Creación pascual anticipada.
 
La teóloga de Ágreda se fija en las palabras que María dirige al ángel Gabriel:
 
Ecce ancilla Domine, fíat mihi secundum verbum tuum.
[Aquí está la esclava del Señor, que se haga en mí según tu palabra] [7]
 
 
... y se pregunta cuál es esta 'palabra de Dios' [verbum tuum] a que se refiere María de Nazaret. El evangelio de Juan empieza: Al principio existía la Palabra [8]. María de Ágreda - tal como parece que había hecho cuatro siglos antes Tomás de Aquino [9] - pone el Fiat de María [fiat mihi] en relación con la primera palabra que Dios pronuncia en la Biblia, a saber:
 
Fiat lux
[Que se haga la luz; Gn 1,3 [10]]
Fiat lux. ¿De qué 'luz' se trata? La cita no puede hacer referencia a la luz del sol porque el texto bíblico indica claramente más adelante el momento en que son creados los astros del firmamento (Gn 1, 14-18). Esta luz que hace emerger el cosmos de las tinieblas del caos no es otra que el Logos concebido como 'principio de inteligibilidad' de la Creación. El Logos en tanto que punto alfa y omega de la Creación. El Logos en tanto que 'causa ejemplar' de la Creación. El Logos-palabra que existía desde el principio es la segunda persona de la Trinitad y no es de ninguna manera 'creado' sino 'condición de posibilidad' de la Creación; condición de posibilidad que aquello que no es Dios pueda existir y tenga un sentido.
La diversidad de la Creación, y el "no" asociado a las coordinadas de espacio y tiempo que la caracterizan (aquí no está allí; hoy no es mañana) son sólo posibles porque en la realidad inmanente de Dios - fuente y origen de la Creación - existen desde el principio una forma de 'diversidad' y una forma de 'negación': el Padre no es el Hijo y el Hijo no es Padre. La existencia del Logos-palabra caracterizado por la 'receptividad pura' (el Hijo ha sido engendrado por el Padre y todo lo ha recibido de Él) y por 'la alteridad' hace posible la existencia de la Creación en tanto que 'receptora' y verdaderamente 'distinta' de Dios.
 
Al principio del Génesis, Dios dice: Fiat lux. Cuando la plenitud de los tiempos ha llegado, María dice: Fiat mihi secundum verbum tuum... y da a luz la Luz. Sólo entonces se puede considerar cumplida la Creación, cuando el Logos-Luz no sólo está presente como causa ejemplar y principio de inteligibilidad, sino que habita de forma histórica y personal (cuando, a más de sustentarlo, el Logos-Luz que es Dios mismo se manifiesta en el mundo: epifanía). El viejo Simeón anuncia: he visto la Luz que ilumina las naciones (Lc 2,32); y Jesús mismo afirma: Yo soy la Luz del mundo, el que me sigue no andará a oscuras sino que tendrá la Luz de la vida (Jo 8,12; cf. tb. 3,19-21; 9,5; 11,10; 12,35-36; 12,46). En el Fiat de María la Creación encuentra su plenitud.
 
Nuestra misión como personas humanas no es otra que la de 'dar a luz la Luz'. El Logos no puede existir en el mundo sin nuestra colaboración. La maternidad de María es extraordinaria y única en su historicidad porque sólo ella ha engendrado a Dios en la carne. Éste es un dato decisivo. Ahora bien, la Encarnación y la Redención, que son acontecimientos únicos en la historia, no alcanzan su objetivo sino en la medida que cada uno de nosotros nos disponemos libremente para el diálogo amoroso con Dios tal como hizo María. Cada uno de los capítulos de La mística ciudad de Dios de María d'Àgreda concluye con una intervención de la Madre de Dios que ratifica lo que ha escrito la autora y hace algunas correcciones y aportaciones propias. Considero de máxima importancia que sea precisamente en boca de María de Nazaret, que María de Àgreda, a continuación del pasaje de la Anunciación que acabamos de citar, ponga la siguiente explicación:
 
Hija mía, admirada te veo, con razón, por haber conocido con nueva luz el misterio de humillarse la divinidad y unirse con la naturaleza humana en el vientre de una pobre doncella como yo lo era. Quiero, pues, carísima, que conviertas la atención a ti misma y ponderes que se humilló Dios viniendo a mis entrañas, no para mí sola, mas también para ti misma como para mí. El Señor es infinito en misericordias y su amor no tiene límite; y de tal manera atiende y asiste a cualquiera de las almas que le reciben y se regala con ella, como si sola aquélla hubiera criado y por ella se hubiera hecho hombre. Por esta razón debes considerarte como sola en el mundo, para agradecer con todas tus fuerzas de afecto la venida del Señor a él; y después le darás gracias, porque juntamente vino para todos. Y si con viva fe entiendes y confiesas que el mismo Dios, infinito en atributos y eterno en la majestad, que bajó a tomar carne humana en mis entrañas, ese mismo te busca, te llama, te regala, acaricia y se convierte a todo a ti, como si fueras tú sola criatura suya, pondera bien y considera a qué te obliga tan admirable dignación y convierte esta admiración en actos vivos de fe y de amor; pues todo lo debes a tal Rey y Señor, que se dignó venir a ti, cuando no le pudiste buscar ni alcanzar [11].