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 LA FILOSOFÍA DEL BUDISMO ZEN - 3 (Laura Moreno)



Febrero 15, 2011, 09:57:17 pm
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Desconectado Irene Zambrano

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LA FILOSOFÍA DEL BUDISMO ZEN - 3 (Laura Moreno)
« en: Febrero 15, 2011, 09:57:17 pm »
Es fácil advertir que la meditación del Koan lo que verdaderamente provoca es una regeneración psicológica de aquel que la experimenta. "El resultado de esta práctica -dice Suzuki- conduce a la visión esclarecedora que penetra en la verdadera naturaleza de todas las cosas".

 

Por medio del Koan, el Zen persigue el desconcierto desde el punto de vista de nuestra lógica, pues el Zen es sobre todo ilógico, a decir de Suzuki: "el Zen quiere tomar por asalto la fortaleza de la insensatez".

 

Uno de los Koan más famoso, recogido por varios autores, es el que el maestro Hakuin solía plantear a sus alumnos. Este les proponía que escuchasen el sonido que emitía una palmada dada con una sola mano. Luego debían dar sus conclusiones sobre tal "audición". Otro de los más divulgados es aquel Koan que planteaba otro maestro a sus discípulos. Este les enseñaba una vara o báculo, Shippei, símbolo de autoridad y a la vez bastón para caminar, les decía: Si la llamáis vara no es lo propio. Si no la llamáis vara es falso. Entonces decid: ¿cómo la llamareis? Esto recuerda aquella frase hermética en la que refiriéndose a la piedra filosofal se dice: "Esto es piedra y sin embargo no es piedra".

 

Significa que todas las cosas tienen una realidad que podría llegar a ser muy diferente si nos esforzáramos o simplemente nos interesara mirarlas desde un punto de vista más elevado. Buscar la verdad de las cosas consiste en situarse por encima de sus apariencias observándolas desde su unidad o complementariedad para, desde este plano superior de observación, advertir que todo tiene una profundidad hasta entonces incluso inadvertida y que es su Verdad.

 

Se trata de situarse simbólicamente en el centro de la rueda, un lugar llamado, por relación simbólica, equilibrio y armonía, un lugar donde no existe conflicto bueno-malo, y por ello un lugar donde necesariamente reina la justicia. Esta idea podría llegarse a comprender sólo en teoría (mentalmente) pero sin producir el resultado de una verdadera transmutación de la conciencia a su estado de permanente equilibrio. Pero aprehender el Zen, como doctrina mistérica requiere necesariamente de la experiencia, al nivel que ésta se produzca, pero experiencia.

 

En la doctrina Taoista en general, no es posible quedar atrapado en la forma ritual concreta, porque el método Zen consiste en que no hay método definido, aunque sí pautas generales. La iniciación es instantánea, lo cual no significa que se llegue a ella con el primer Koan planteado (o sí, "ya que todo el Zen está contenido en cada Koan), ni que todos alcancen el mismo nivel de comprensión.

 

El aprendizaje puede llegar a ser muy duro, pudiendo pasar incluso años en que un alumno reciba por respuesta a sus preguntas un puñetazo de su maestro como toda contestación. Se ha dicho que: "toda pregunta bien planteada lleva consigo su respuesta". Los más capaces o dotados para la enseñanza, pasan a formar parte de la jerarquía dentro de los monasterios. Otros se hacen monjes solitarios que reciben e instruyen a contados alumnos que llegan hasta ellos atraídos por su fama de sabios. Otros, después de recibir el satori, vuelven a sus ciudades y realizan una vida corriente lo que no indica que los que se inclinan por esta opción no pertenezcan también a esa misma jerarquía intelectual como hombres del Zen. Desde hace años maestros Budistas y Zen-Budistas también recorren sobre todo Europa y Norteamérica difundiendo sus enseñanzas.

 

El resultado del satori se experimenta como la normal inclinación que uno siente por su naturaleza búdica. Libre y sin necesidad de hacer nada, pero no dejando nada por hacer. Eso es el Zen. "El Tao nunca actúa, pero todo lo hace". Tao Te Ching. Y los maestros, sabiendo de las dificultades que el hombre actual tiene para entender esta enseñanza, crean sus métodos. Estos son ingeniosos, sorprendentes, enigmáticos, irónicos, paradójicos, aparentemente absurdos atendiendo a la naturaleza del propio instructor, es decir, al arte con que es capaz de realizar la síntesis que haga posible trasmitir los conocimientos tradicionales.

 

Meditar en el vacío, o provocar el vacío mental, no tiene que ver con pretender negar nuestra mente, los deseos o las pasiones; éstos son inevitables siendo como son parte de la naturaleza humana, y no es inteligente desear no desear aquello de poner una cabeza sobre la cabeza. Se trata de salir de la rueda situándonos simbólicamente en el centro de ella, en el refugio de nuestro corazón, centro del Ser, desde donde es posible observar quietamente sus movimientos, dejando que los deseos y pasiones circulen, que vengan y vayan, como viene la primavera y luego se va, como lo más natural del mundo. Es así como sucede todo, son esas las leyes que rigen el Universo y de las que no es posible la exclusión, porque es ese el ritmo con el que fluye la vida y todos estamos sujetos a sus leyes.

 

Situado en el centro de la rueda, del corazón, que es la sede de la inteligencia universal, los deseos banales desaparecen y no queda más que el flujo de la vida, es decir, el Zen, advirtiendose que no hay más que vivirla haciéndonos conscientes de nuestro papel central en ella, contemplando su armonía, su perfección infinita, siempre inacabada, siempre por descubrir. Y uno allí, quieto y sereno, y aunque dure un instante ese reconocimiento, esa entrega, nada importa, porque lo que se percibe es la eternidad, y uno ya no dejará de perseguir ese momento de luz que fecundó su memoria. ¿De dónde vino? ¿De que misterioso lugar llegó el rayo de luz? La respuesta permanecerá oculta en las tinieblas superiores, pero la vívida experiencia, la Verdad de esa realidad sutil, como tesoro encarnado, ya nunca abandonará la morada de nuestro corazón, como sede que es del corazón del Ser del Universo.

 

Pero el trabajo continúa, y es arduo para casi todos, pues es menester instaurar definitivamente en nosotros esa conciencia, aunque esto se conciba ya como una lucha interior y continuada, lo que la tradición islámica denomina "la gran guerra santa". Perder de vista el significado real de este símbolo esotérico, es decir, padecer de literalidad o esoterismo, da como resultado los integrismos y fanatismos que han dado lugar a tanta injusticia y dolor en los países islámicos. La Inquisición española, es otra muestra vergonzosa de hasta donde puede llegar la incomprensión y la ignorancia. Otro tanto podríamos decir de la masacre cultural a los pueblos de toda América. Es la memoria de ese instante la que debe alimentarse, y sólo la Inteligencia Superior, a través del rito del recuerdo o rito de la memoria, puede mantenerla arraigada y viva.

 

Ese único deseo de vivir en plenitud con la Unidad es el motor que perdura cuando se comprende el desatino de dar crédito o identificarnos con lo superfluo y dual, que sólo ocasionan agitación en el alma.

 

Después del satori el Koan se convierte en una práctica habitual del monje, con el propósito de mantener viva la memoria de ese momento de luz, pues ahí se halla la semilla del desarrollo intelectual del hombre."Lo más pequeño es lo más poderoso", dice la frase hermética. La disciplina en el ejercicio busca que arraigue la visión obtenida en el satori, de modo que ésta nueva visión obtenida consiga trasformar todos los actos de la vida.

 

No importa cuantas veces desviemos el camino, o cuantas veces dudemos de nuestra capacidad de comprensión. Los errores no deben hacernos decaer el ánimo ni hacernos sentir culpables, porque ellos están implícitos en el mismo proceso. Lo que verdaderamente importa es la intención del corazón y no olvidarnos de que, en palabras de F. González, "el respeto a lo Sagrado es el principio de cualquier Sabiduría".

 

La experiencia del satori por medio de la comprensión del Koan, podría compararse con aquel que después de navegar días, meses o años en busca de tierra, por fin divisa una isla, luego pueden venir tempestades que se la oculten, pero sabiendo ya de su existencia, el navegante se mantendrá a la espera de que pase el temporal y seguirá el rumbo una vez aplacada la tormenta. El rito, que es todo acto hecho desde la comprensión, tiene la facultad de restablecer nuestra memoria viva o reorientarnos constantemente.

 

Se destacar el hecho de que los maestros Zen no conceden importancia a las palabras, es decir, no es la elocuencia ni el discurso perfectamente expresado y razonado el que demuestra que el alumno ha comprendido o experimentado el satori. Son los pequeños gestos, esto es, las reacciones más espontáneas las que hablan por el aprendiz, pues "no hay en el satori -dice Herriguel- ninguna verdad de la cual uno pueda apropiarse y luego restituirla de memoria, sino una nueva forma de ver, de concebir".

 

Otro de los ejercicios destinados a provocar el satori o visión intuitiva en el alumno es la meditación zazen. La particularidad de este ejercicio de meditación consiste en que ésta debe ser practicada en todo momento, y no exclusivamente durante las sesiones destinadas a ello, pues se considera que la verdad puede hallarse igualmente estando sentado, de pie, andando o tumbado, es decir allá donde el alumno se encuentre.

 

El zazen se basa en la concentración del ritmo respiratorio. Se inspira el aire externo y se expira el aire interno. Esta interrelación que se produce con cada inhalación y exhalación, representa la propia respiración del universo. La Unidad indiferenciada que no conoce fuera ni dentro y en la que se reabsorbe necesariamente la dualidad. No se puede decir con propiedad ni "yo respiro" ni "me respiran", sino que únicamente existe la respiración, como sólo existe la Vida, aunque esta se manifieste de indefinidas maneras. De este modo todos los actos, incluso los más cotidianos, como vestirse, conducir, comer, etc., adquieren un relieve absoluto. Todo cuanto uno es se halla implícito en cada acto o gesto. Tomar conciencia del "ahora" como tiempo trascendente constituye el verdadero rito, que está al alcance de todos.

 

A pesar de su simplicidad, esta meditación del "estar" es una vía sólo para guerreros y héroes, los que armados de una voluntad firme por conocerse a sí mismos. Lao Tse y Chuang-Tse conocían ya la "respiración metódica" según lo refiere M. Eliade.

 

Así el camino del Zen se recorre desde lo más concreto y cotidiano de la existencia a lo más sutil y trascendente de esa misma existencia, llegando de la visión horizontal a la vertical, es decir, de la dualidad del mundo manifestado a la Unidad de esa misma manifestación, de un solo "tiro de flecha".

 

La respiración, la concentración en el círculo o la rueda, generan imágenes simbólicas que evocan la idea de movimiento y al mismo tiempo de inmovilidad. Como el yin y el yang, también evocan la realidad de un mundo de contrastes entre los opuestos y por eso mismo complementarios. El círculo precisa del punto central, ya sea explícito o tácito, la rueda no giraría si le faltara su eje central e inmóvil; el yin (que representa lo pasivo, receptivo, femenino) necesita de su opuesto, el yang (relacionado con lo activo, expansivo, masculino), para equilibrarse. Está claro que esta dualidad hace posible la manifestación y la vida, como demuestra nuestro propio hálito. Advertir el "Principio de inmovilidad," supone alcanzar la visión real de un cosmos organizado a partir de un eje central, conforme a una ley basada en la armonía entre las partes y el todo.

 

Dice Suzuki: "El Zen es el espíritu del hombre. El Zen cree en la pureza y bondad interior". Se trata de creer en la intuición sincera del corazón de uno mismo, donde reside nuestra verdadera inteligencia, la que todo hombre posee, y esa idea debe ser suficiente garantía para no caer en el desaliento que provocan las muchas dificultades. El trabajo operativo de todo aprendiz consiste, utilizando la simbólica del Arte de la Construcción, en pulir la piedra, limar las impurezas y extraer la joya, siempre original (de origen), que ya está contenida en el interior.

 

El maestro Zen enseña al alumno a descubrir su propia y luminosa originalidad, ayudándolo a despojarse de toda afectación o "poses" adquiridas. Son las cáscaras que tienen aprisionado el espíritu del hombre las que deben ser eliminadas, y esto sólo se consigue siendo el alumno quien descubra las cosas, quien haga un trabajo interior que le ayude a comprender el mensaje: que todo se está revelando, y que por ello todo está por descubrir. La comprensión, que es por definición iluminadora, destruye lo ilusorio y da a luz la realidad, queremos decir, la Verdad. La aprehensión de esta idea, es el único medio eficaz para ganar la perspectiva Zen.

 

Como todo verdadero maestro, el maestro Zen, revestido de la energía psíquica que libera a las almas de sus cadenas, se convierte en transmisor de una "clave" tradicional, la clave de su propia liberación, para ello emplea su arte e ingenio, pero sobre todo su amor (a veces como rigor) con el fin de que el discípulo logre encarnar el conocimiento de sus enseñanzas.

 

El Zen, es el impulso vital, la acción simultánea al gesto anterior a la creación, es decir por encima de todo el Zen es la certeza del profundo misterio del no-ser, principio no actuante que todo lo hace. (Haciendo sin hacer). "El Tao que puede ser nombrado no es el Tao Eterno", nos dice Lao Tse. Tao o Zen (pues es la misma esencia) no es una imagen, ni una palabra, o cualquier concepto; es ante todo, una certeza, un impulso constante capaz de cambiar la orientación de la vida de quien lo penetra. Quien conoce lo constante de la vida lo abarca todo.

 

Otro de los métodos de instrucción empleado por los maestros Zen se desarrolla en forma de diálogo; se trata de un ejercicio de preguntas y respuestas, diseñadas para despertar la intuición intelectual del alumno, para que llegue a sus propias conclusiones, es decir, que responderá o hará preguntas conforme al criterio obtenido en su satori.

 

"P. ¿Las palabras son el espíritu en sí?

 

R. No, las palabras son circunstancias exteriores, no son el espíritu.

 

P. Siendo esto así, prescindiendo de las circunstancias exteriores, ¿dónde, pues, se puede buscar el espíritu?

 

R. No existe espíritu alguno independiente de la palabra.

 

P. Si no existe ningún espíritu independiente de las palabras, ¿qué es pues el espíritu?

 

R. El espíritu no posee forma ni figura. En realidad no es independiente o dependiente de la palabra. Él es eternamente sereno y libre en su obrar. Si llegas a aprehender que el espíritu no es el espíritu, comprenderás al espíritu y su creación."