Mírate al espejo, pero con ojos de amor.
No para criticar tus arrugas ni contar cicatrices.
Mírate para reconocer tu historia,
la fuerza que no sabías que tenías,
y el valor con el que te levantaste de lo que pensabas que te destruiría.
Mírate y reconoce el coraje con el que sigues caminando,
aunque a veces te tiemblen los pies.
Mírate y honra esa fe que no se ha apagado,
esa esperanza que aún florece en medio del caos.
Regálate una sonrisa,
saborea este instante como si fuera un pedazo de chocolate,
y vive como si la vida todavía tuviera mil colores por pintar.
Porque al final,
no importa cómo te ven los demás.
Lo que realmente transforma es cómo te miras tú:
con respeto, con gratitud, con admiración.
Eres valioso. Eres luz.
Y mereces verte con los mismos ojos con los que Dios te ve:
con amor sin medida.