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 LA MATÉ YO



Abril 30, 2015, 05:34:14 pm
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Conectado Francisco de Sales

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LA MATÉ YO
« en: Abril 30, 2015, 05:34:14 pm »
LA MATÉ YO



Así me la pasaba. Preocupada por todo. Desproporcionando cada pequeño episodio de mi día. Cualquier excusa era buena para hacer una gran tragedia griega. Lo mío era dramatizar. Un comportamiento automático. Quizás yo lo tenía más arraigado que otras, pero realmente todas somos, de vez en cuando, así. Esa locura que se enjaula en nuestro cuerpo por perder el control. En especial con los niños, libres y rebeldes. Evidentemente ellos no veían la vida como yo, y los problemas que para mí eran enormes, para ellos eran inexistentes.

Me acuerdo cómo enloquecía porque mi hija se ensuciaba justo cuando le ponía su ropa de ballet. Me salían gritos a borbotones. Si estaba cocinando y se quemaba el pastel, mi nivel de ansiedad subía y subía. Las tareas de los niños eran definitivamente lo peor que me podía pasar, justo a esa hora del día en que ya no soportaba nada. “Es el colmo que me avises a esta hora que tienes que llevar mañana cartulinas blancas. ¿Qué crees que tengo papelería en la casa? Caramba, ¿cuándo te vas a hacer más responsable?”

Recuerdo cómo me ponía cuando mis hijos comían demasiados dulces y me retaban pidiendo más y más. Las peleas porque invariablemente dejaban la toalla mojada encima de la cama. Llegar y tocar todo húmedo me sacaba de quicio. Tantos problemas, todo el día. Impuntualidades, suciedad, errores, falta de compromiso… Problemas, problema, problemas. Mi mente iba comprando situaciones para darle sabor a la vida. Pero un sabor negativo, amargo.

“Es que mi hijo no duerme bien, se para en las noches, ya no puedo más”. “Es el colmo que no sale el agua caliente rápido”. “Estoy harta de que mi esposo quiera salir a cenar todas las noches”. “No sirve mi celular, no puedo vivir así”. “Mi hijo sacó 5 en su examen, no sé qué hice mal con este niño.” “Llegué tarde a mi cita por culpa del tráfico, es un infierno vivir así con prisas todo el día”. “Mi bebé no aprende a hacer popó en el baño, ya no puedo con esto de ser mamá”. “No sirve la impresora, me quiero morir.”

Ese día estaba lloviendo, martes 27 de febrero de 2013. Iba manejando con todos mis chiquitos en el coche porque acababa de recogerlos de la escuela. Justamente ese día que estaba yo hasta el tope de trabajo, no llegó el chofer a trabajar. Tuve que correr como loca para dejar todo listo en la oficina y poder ir por los niños. Corrían por mi mente cincuenta problemas, uno más urgente que el otro. No es justificación, pero así era yo. Entre firmar documentos importantes y la estupidez que hizo la secretaria en la mañana. El pastel que tenía que llevar a la comida. El vestido que había que planchar para la cena de la noche. El dinero que se me había olvidado mandarle a mi hijo para su feria del libro. !Qué tonta era!
Mis gemelitas venían cantando sentadas cada una en su silla. Estaban cansadas de la escuela pero igual tenían energía para volverme loca con sus gritos. Los dos grandes no hablaban, cada uno viendo a la ventana. “Mejor, así no se pelean.”, pensaba. Yo no tenía ganas para platicar sobre su día en la escuela. “En la noche les pregunto, ahorita estoy muy estresada.” Por suerte no había nada de tráfico y pude correr más, de por sí ya íbamos tarde a la comida, y si algo me choca es la impuntualidad. Así que me enfoqué, me acuerdo, más en el acelerador que en ellos.

“Mamá, quiello la canzón de la totuga”. “Noooo, totuga no, yo quello de la estellita”. “Tú no, yo quello totuga”. Los llantos de las niñas inundaron el coche. “Carajo, lo que me faltaba”, dije en fuerte. “Niñas, si se pelean no pongo ninguna canción.” Normalmente podía ser un poco más tolerante cuando venía el chofer manejando, pero ese día no estaba para sus pleitos. Me acuerdo que siguieron llorando y gritando…

Dios mío, lo que daría hoy por oírlas llorar y gritar juntas.

No supe, ni recuerdo lo que hice en ese momento. Sé que iba a una velocidad brutal, pero juro que no vi el alto. Lo único que recuerdo es la explosión de mi camioneta contra el camión de escuela que se atravesó. Ahí me quedé. Ahí nos quedamos. Yo, mis hijos, mis esperanzas, mis sueños, mis alegrías… y mis supuestos y estúpidos problemas. El impacto se quedó grabado en mi mente, pero no recuerdo nada más. No sé qué pasó y por más que me lo cuentan para tratar de superarlo en terapia, no lo recuerdo. Solo tengo impregnado el color amarillo tan cerca a mi cara. Los gritos de mis hijos “Mamaaaaaaaa ayúdameeeeee”.

Una de mis gemelas, Sandra, falleció. Se murió por mi culpa. Porque por las prisas no le puse bien el cinturón. En el impacto salió volando del asiento. No sé más. No quiero saber. Me ahogo cada vez que lo recuerdo. La otra, Daniela, no sufrió nada más que el terror de lo que vio y sintió. Mis dos grandes, Diego y Erick están bien pero tuvieron muchas lesiones en su cuerpo. Uno de ellos se estrelló contra la ventana en la que iba recargado y quedó marcada su cara con cicatrices irreparables. El otro por suerte se puso el cinturón solito cuando lo recogí de la escuela y supo agarrarse fuerte por instinto. En el momento se le rompió la muñeca por el esfuerzo, pero nada más.

Y yo… Yo quedé totalmente dormida por meses. El impacto me causó daño craneal y por más que se apuraron en llamar ambulancias y moverme al hospital, no pudieron atenderme bien y entré en estado de coma. Por meses viví en una estupenda pausa que me evitó sentir esto que sigo sintiendo. Este infierno de dolor en el alma por saber que yo deshice mi vida. Por saber que por idiota, destruí a mis hijos, a mi familia, a mi marido, y a mi chiquita que ya no tengo cerca. Todos los días me despierto con dolor. Dolor físico porque vivo con infernales migrañas, pero el dolor de mi corazón, ese no se cura con nada. Ese nunca se curará.

Tanto tiempo que perdí pensando que mis problemas eran problemas. Pensando que la vida eran esos momentos. Esas prisas. Esos destellos de enojo e impulsividad por perder el control. Pensando que todo giraba alrededor de mí. Sin sentarme con paz a ver y valorar a mis hijos y su edad. Reírme si se ensuciaban. Cantar si se quemaba el pastel y simplemente hacer otro. Tanto tiempo perdido que pasé angustiándome por la oficina, por los errores de otros, por mi incapacidad a ser menos perfeccionista. Corriendo de un lado al otro sin disfrutar nada. Angustiándome más por empacar que por disfrutar el viaje. Por disfrutar la comida y las risas en vez de pensar en el ruido que hacían los niños o qué tanto comían.

Que estúpida era. Que estúpida fui. Y la vida me dio la lección más fuerte y horrible que podía haberme dado. No me mandó llamadas de advertencia. Simplemente, en un segundo, me cambió por completo. ¿Dónde quedó mi chiquita que tanto amaba?, ¿Qué me costaba ponerle su canción de tortuga en vez de enloquecer por los gritos?, ¿Qué me costaba tomarme el minuto para ponerle bien su cinturón y darle un beso en la frente? Ya no la podré besar nunca más. Escuchar con ellas sus canciones favoritas. Verla carcajearse por tonterías. Ensuciarme con ella de chocolate. Bailar. Hacer errores juntas. Reírme de los supuestos problemas y valorar que la tengo frente a mí. Le quité la vida a sus 3 añitos. Se la quité YO.

Daría lo que fuera por regresar el tiempo, pero sé que no puedo. Lo único que me mantiene viva son mis otros tres angelitos. Sé que me necesitan. Sé que a ellos también les quedó un daño irreparable por el accidente. Mi chiquita extraña a su gemela todos los días. Le llama dormida y abraza una almohada que tiene su nombre escrito con la camiseta que usaban para verse “igualles”. Los dos grandes me ayudan a entender que tengo que ver para adelante, aunque la vida me haya marcado y no quiera vivir. Mi esposo… sé que nunca me va a perdonar. Él siempre me decía que tenía que bajarle el ritmo a mi vida. Que mi papel ahora era ser mamá, pero nunca lo quise escuchar. Así era yo, necia y dramática. Pero su amor por mí hace que juntos vayamos avanzando paso por paso. Aprendiendo a vivir mejor y más conscientes de la vida.

Hoy le digo a los que vienen a verme, que se tomen el tiempo para pausar su vida estando aquí y en el ahora. No esperen a que pase un accidente, una tragedia, para darse tiempo de pensar. Para re valorar todo. Háganlo ahora que están sanos, felices. Tómense unos minutos para darse cuenta que sus problemas no son problemas. Que tendemos a magnificar todo. Que tendemos a ahogarnos por tonterías. Claro que los gastos mortifican. Claro que las cosas materiales tienen valor y cuando algo se pierde, se rompe, se ensucia, nos molesta. Por supuestos que los hijos tienden a enloquecernos. Pero alto, pongamos todo en el lugar que se merece. No le pongamos títulos equivocados a nuestros pequeños incidentes de la vida.

Disfruta a los que tienes cerca sin estar todo el día al pendiente de sus errores. Acércate, bésalos, y agradéceles por estar en tu vida. Crea más momentos positivos de los que tienes. No esperes a que la vida te lo exija, hazlo ahora. Respira más seguido. No dejes que te gane la impulsividad. El proceso de crecimiento es muy personal. Tus hijos no tienen la culpa de que seas como eres. De que te alteres tan fácil con sus cosas de niños. Tu esposo tampoco se merece cargar con tu ansiedad y tu mal genio. Empieza a darte cuenta que tus problemas son tan grandes como tú quieres que sean. Y son sólo tuyos, no de todos. Respétate y cuídate. Ayúdate a vivir mejor y más feliz. Sólo tú lo puedes lograr.




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Patricia Lagunes

 

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